domingo, 15 de mayo de 2011

... y mi copa rebosa.

miércoles, 11 de mayo de 2011

11 de mayo

En el Colegio del Verbo Divino de Coreses (Zamora), donde yo estudié, allá por los años sesenta, había una costumbre memorable. En el día de tu santo, durante la hora de la comida, el padre celador del comedor, te llamaba en público para que te acercaras a su mesa y te invitaba a un vaso de vino. De esta forma él, y tus compañeros a través de ti, brindaban por ti. Así se construía la autoestima y el propio valor de cada uno, destacándote, no por tus méritos intelectuales o morales, sino por el simple pero singular hecho de llamarte como el santo del día.

¡Qué distinto a lo que hoy ocurre en las escuelas! Son tus propios alumnos los que, tímidos, acuden a ti para recordarte que es el día de su cumpleaños. "¡Profe, hoy cumplo 15 años!" Y tú, avergonzado por no haberte acordado, o más bien, por no haberte ni siquiera preocupado de algo tan importante para él, le felicitas, pero sin demasiados aspavientos.

O tempora, o mores!

sábado, 16 de abril de 2011

Tara

     "Atención. Paseos de jardín tratados con herbicidas".
     Así rezaba un papel pegado a una papelera delante del minúsculo jardín silvestre que queda al lado de la entrada al acerado que baja hasta La Isla por la Fuente del Cañorroto. Digo "queda" porque, de un lugar abrigado antes por un frondoso árbol, ahora sólo quedan pequeñas matas de hierbas que aparecen tras las lluvias.
    Hace apenas unos días, movidos de espíritu ecológico, nuestros sesudos munícipes se han cargado varios hermosos árboles que adornaban el solar que pronto se convertirá en el parking de La Isla. Es evidente que aquí, aunque nuestro medio ambiente está mucho más degradado, no hemos llegado a ese punto de las sociedades vecinas más avanzadas, ese punto al borde del precipicio más allá del cual no es posible el retorno.
     Mientras en esas sociedades se observa un regreso, tardío pero decidido, al seno de la madre naturaleza, aquí no se nos ocurre otra cosa que echar mano de los pesticidas para matar la poca vegetación que queda. ¿Cuál es el objeto? ¿Acaso aliviar las molestias de los afectados de alergias? ¿Quizás ahorrar al Ayuntamiento un gasto en el pago a las personas encargadas de la limpieza y desbroce de hierbas? Tengo la sospecha de que lo que en realidad se pretende es "civilizar", es decir controlar la naturaleza. Sí. Poco a poco los espacios naturales (y no hablo sólo de los espacios de vegetación sino todos los espacios aún no dominados de la naturaleza humana) van siendo cultivados o sometidos al orden del césped o el cemento (la ley o la norma en el caso de las vidas humanas).
     Pero ese pequeño triángulo de naturaleza que ahora se pretende esterilizar es uno de los pocos espacios que quedan en mi barrio para respetar el derecho del perro a disfrutar de un lugar donde discretamente pueda aliviarse de sus necesidades. Los dueños de perros, como apestados, buscamos un pequeño refugio para que nuestro leal amigo o amiga disfrute de una pequeña intimidad, sin estar expuesto al frío e indiscreto cemento de la calle.
     Esta decidida y planificada estrategia de deshacerse de los perros no tiene que ver con la suciedad en las calles (es cada vez más rara la presencia de deyecciones en las aceras y mayor la conciencia cívica de los amantes de chuchos). Entonces ¿a qué se debe? Creo que es una cuestión de celos. Sí. Y ya sabemos las consecuencias de los celos, y si no preguntémosle a Otelo y Desdémona. Tengo la impresión de que el "Gran Cuidador de Parques y Jardines" está celoso de nuestros perros. Parece como si se dijese a sí mismo: "¿Cómo es posible que quieran más a sus perros que a mí, que les he construido el "Gran Parque" de césped para su disfrute (sin perros, claro)? ¡Así me pagan estos ingratos! Pues ahora verán. Cruella Devil a mi lado era una aprendiz. Nunca imaginaría ella un plan tan cruel y diabólico: con pesticidas me deshago de los pocos jardines salvajes que quedan y quién sabe a lo mejor empiezan a verse menos perros."
     Me pregunto cuántos dueños de perros hay en esta ciudad. Debemos ser unos cuantos. Los derechos de nuestros leales amigos están siendo olvidados. El poco espacio que tenían para disfrutar de una pequeña intimidad se les niega. Pronto no quedará ni una brizna de hierba que oler y los mensajes entre los leales solitarios dejados en las pacientes matas ya no serán posibles.
    Es tiempo de elecciones y es hora de hacernos oir. Dueños y dueñas de perros y perras, uníos. Amigo o amiga de los perros, en defensa de un trozo de césped para tu perro, haz valer tu voto.

sábado, 1 de enero de 2011

Those were the days

Those were the days, oh yes those were the days

Then the busy years went rushing by us
We lost our starry notions on the way
If by chance I'd see you in the tavern
We'd smile at one another and we'd say


Those were the days my friend
We thought they'd never end


Nos enseñan que en el curso de los ríos hay tres fases: curso alto, medio y bajo. Pero en realidad en el curso de los ríos hay partes en que no ocurre nada de especial y el agua discurre sin incidentes de relieve; y hay también zonas donde el río parece que concentrase todo o gran parte del interés del paisaje y elementos de la naturaleza que le rodean: hay rápidos y remansos, árboles frondosos y praderas amenas, una fauna que no quiere perderse  tanta abundancia, y hasta el cielo se abre como un telón para manifestar esa explosión de belleza.

En la vida de los humanos ocurre algo parecido. La mayor parte de nuestra vida transcurre pausadamente, siguiendo el curso trazado por la rutina o por las convenciones sociales. Día a día se suceden nuestras labores, nuestros ritos y costumbres. De vez en cuando aparecen los sobresaltos que, no por menos esperados, dejan de ser eso, sobresaltos.

Pero hay momentos y períodos en la vida en que parece que todo converge para hacer de ellos un depósito de experiencias que nunca, o si acaso en el paso fugaz de otro cometa, se repetirán. Parece cumplirse en esos periodos el anuncio que vemos en los pronósticos del horóscopo: la convergencia en el cuadrante tal, de tal o cual planeta, etc...

Hace unos días, con ocasión de la Navidad, decidí mandar una felicitación a mis excompañeros de equipo directivo en Lisboa. Mi mensaje, aparte de los tradicionales deseos de paz y felicidad, les recordaba los dos años que pasamos juntos al frente del Instituto. Los calificaba yo de edad de oro.

Y en verdad fue una edad de oro en la que el Instituto vivió, en un ambiente de paz, una explosión de febril actividad y de libre creatividad que se plasmó, de modo extraordinario, en las innumerables iniciativas que se realizaron en el centro con el pretexto de la celebración de los 75 años de su fundación. Seguro que si no hubiésemos estado nosotros, los 75 años se hubiesen celebrado igualmente, pero no del mismo modo. Nosotros tuvimos la fortuna de movilizar con nuestra entrega y nuestro esfuerzo las voluntades e inteligencias de todos: profesores, alumnos, padres y personal no docente. Las puertas de nuestros despachos se abrieron de par en par para dejar entrar mejoras e iniciativas, quejas y felicitaciones, problemas y soluciones. Hubo que hacer encaje de bolillos para no herir sensibilidades y aunar mentes y brazos en un objetivo común. El más pequeño de entre todos se convirtió en el mayor, y el mayor se hizo el más pequeño. Cada uno de los componentes de aquella rica y heterogénea comunidad se sintió protagonista de la historia. Y en ello, humildemente, mis compañeros y yo tuvimos algo que hacer.

La memoria de las innumerables actividades quedó reflejada por escrito y en imágenes, pero yo aún siento el alma de aquellos años como una sombra gigante que disputa el protagonismo a otras almas de períodos o momentos vividos por el Instituto. En la corte celestial del Entierro del Conde de Orgaz de El Greco, se distingue, a la izquierda de la Deesis, la imagen de Felipe II, como homenaje adulador del pintor a la figura y época del rey Prudente. En el Parnaso del IEL está con toda seguridad el espíritu de los dos años vividos con mis compañeros A, M, J y A.

viernes, 31 de diciembre de 2010

La buena educación


Mientras esperaba mi turno en la carnicería, observaba al carnicero preparar la carne. Su dominio con el hacha o el cuchillo es el resultado de muchas horas de práctica. Dónde ha de cortarse, cuáles son los secretos de las carnes, cuál es la mas apropiada para uno u otro plato; todo ello es lo que hace a un artesano de la carne dueño de su oficio. Pero hay algo más. Si a esa técnica le añades la bonhomía, es decir, la virtud, te encuentras ante una persona realizada. Y eso también es el resultado de buena crianza, de buenos cimientos.

El carnicero de mi barrio saluda a cada cliente que entra en su tienda, a muchos por su nombre; tiene siempre una actitud de servicio, y además esta contento de servir; hace su trabajo a conciencia; y vela por la buena salud de sus feligreses. Respeta a cada uno de los múltiples caracteres que entran en su tienda; sabe hasta dónde puede llegar en cada caso: con algunos bromea y se deja bromear, con otros hace comentarios más serios pero sin perder la sonrisa.

Lo más seguro es que su educación formal, sus estudios, hayan estado limitados a la educación básica. Pero su educación es muy superior a la de muchos que tienen títulos universitarios.

Nos empeñamos en defender la necesidad de una buena formación. Mejor sería si nos empeñásemos en una buena educación. Y en ésta tenemos mucho que aprender de esos hombres y mujeres que saben hacer bien su trabajo, y además lo hacen con el respeto y el cariño hacia sus clientes reflejo de su buena educación. Decía Pablo de Tarso: “Aunque hable la lengua de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como el bronce que suena o címbalo que retiñe". Sustituyamos la palabra "caridad" por "educación" y lo mismo puede decirse de los que tienen mucha formación, mucha cultura, pero no tienen respeto, consideración, en definitiva buena educación.

Prefiero mil veces como persona al carnicero de mi barrio que al liceniado orgulloso y snob que mira a los demás por encima del hombro. Al final lo que queda de uno son sus actos, no su sabiduría. Es mejor que ésta se traduzca en aquéllos con honestidad, honradez y respeto.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Los pájaros cantan, las nubes se levantan...


"¡Cómo te cambia la vida!"

A mi derecha se sentaba una habitual compañera feligresa, que hace unos pocos años se ha convertido en abuela.

La exclamación del inicio sucedió a la cortés felicitación de Navidad y al no menos cortés interés por cómo se había pasado la Nochebuena. "Vino mi hijo que está en H..., y nos sugirió que fuésemos todos a Madrid a ver a F... mi otro hijo, que, como su mujer tenía guardia esa noche, estaba solo con mi nieto. Éste, nada más nos vio, se puso muy contento y no paró de reírse. Y por la noche, cuando nos fuimos a dormir, se acostó con nosotros, entre mi marido y yo... Lo peor es dejarlo... ¡Cómo te cambia la vida!... Llevo todo el día triste."

Apenas seguí el sermón. El sacerdote insistía en su habitual tema de la confianza en la voluntad divina y retomaba un tema nuevo del día anterior, el de la verdadera alegría, no de la inmediata y perecedera. Y mientras escuchaba y no, pensaba en las palabras de la compañera feligresa. Sus vidas habían estado trazadas por el plan más o menos esperado una vez casados y con hijos: criarlos, educarlos, ayudarlos en la búsqueda de empleo y luego, acostumbrándose a su ausencia y al vacío dejado, seguir viviendo y envejeciendo juntos.

Pero de pronto, un día, ese futuro planificado y previsto por ellos se transforma con la llegada de un nieto. De nuevo, como si despertasen, vuelve el sol a sus vidas grises, los pájaros cantan, las nubes se levantan... Y entonces la rutina se transforma en sorpresa, la calma en sobresalto, la indiferencia en interés, las horas mustias en estallidos de risa y alegría...

Verdaderamente, ¡cómo te debe cambiar la vida! 

martes, 28 de diciembre de 2010

Ítaca


Si eres tutor de un grupo de alumnos con problemas de aprendizaje, uno de los momentos más temidos es cuando recibes el acta de evaluación del grupo y compruebas que la media de suspensos es superior a la normalmente asumible. Otro momento difícil es cuando tienes que comunicarles a tus alumnos las malas noticias.

Era el penúltimo día de clase del primer trimestre y estaban presentes sólo una tercera parte del grupo. Cuando terminé de decirles sus notas tuve la impresión de que una gran losa acababa de caerles encima. Porque no por esperado el efecto deja de tener su poder.  Quizás hubo en algunos la tímida rebeldía y esperanza de que superarían la adversidad. Pero pronto, como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, esa pequeña luz se diluye y es absorbida por la vorágine de los estímulos que llevan al alumno a quedar fuera del camino de la recuperación. Es necesaria autodisciplina para seguir el rumbo, atándose al palo mayor del barco, y no sucumbir ante los en-cantos de las numerosas sirenas que nos impiden llegar a Ítaca.

Uno, sólo uno de entre ellos se sorprendió de que, al contrario de lo que él esperaba, no le quedara ninguna asignatura suspensa. Era como el patito feo. Se sentía un elegido, aunque sus compañeros intentasen minimizar su hazaña. A su lado estaba el que, ya repetidor, excusaba sus malos resultados en que como había sido expulsado no había podido asistir a clase, y aseguraba que obtendría su título en la educación para adultos. A continuación otro me decía que la profesora X le tenía manía. Y finalmente estaba la alumna que, feliz en este mundo y rebosando vitalidad y simpatía, es materialmente incapaz de abrir un libro y estudiar lo mínimo.

No se trata ya de lamentar inútilmente la pérdida de su oportunidad para descubrir la riqueza de la vida a través de la cultura, el problema es que estos alumnos necesitarán en un futuro no muy lejano un documento que justifique los requisitos académicos exigidos para obtener un puesto de trabajo. Y ni los padres ni los profesores somos capaces de motivarles para conseguirlo. Es posible que para ello necesiten otro tipo de institución de reaprendizaje de conducta. Por muchos andamios sorprendentes e innovadores que se utilicen en su construcción, una casa necesita sólidos cimientos para sustentarse. El aprendizaje de la cultura necesita un mínimo de motivación personal y de disciplina. Sin estas bases sobran métodos mágicos de los que al final también se aburren. En la escuela, alumnos repetidores que suspenden más de cinco asigaturas, cuyos contenidos mínimos están en lo mínimo, necesitan otro tipo de currículo y otro tipo de profesionales: necestitan aprender un oficio y la disciplina que exige un trabajo manual.

Imaginémonos una competición de salto de altura donde la barra estuviese colocada a la mínima distancia para poder conseguir el paso a la siguiente fase. Entre los convocados están los que superan el mínimo con holgura, aquellos que a duras penas lo hacen, y aquellos que no quieren saltar y preferirían ser los que colocan la barra. A éstos los padres les animan y los entrenadores les estimulan y les recuerdan las técnicas básicas del salto; ellos reflexionan por un momento, pero cuando llegan hasta la barra no pueden levantar ni la pierna y vuelta a empezar; y así una y otra vez.

O se buscan los medios para motivarlos a saltar, o posiblemente habría que decidir que esa prueba no está hecha para ellos y convendría buscarles otro puesto en la competición.