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martes, 21 de septiembre de 2010

Pequeño gran problema

A veces nos falta la suficiente motivación para solucionar un problema a todas luces soluble.

En el servicio de la casa del pueblo hay varios problemas pero hay dos que destacan porque se manifiestan diariamente.

Uno es el grifo de agua fría o derecho del lavabo.

En el espacio del lavabo destinado a jabonera en ese lado siempre hay un pequeño charco de agua. La causa es que, o el grifo no está bien ajustado, o alguna de sus juntas falta o está en mal estado. 

Obviamente no puede colocarse ahí el jabón porque al humedecerse se ablanda y se deshace en las manos. 

El otro problema está relacionado con el anterior.

Llega un momento en que el charco de agua en el espacio de la jabonera del lavabo se desborda y entonces gotea dejando el charco en el suelo.

La solución es mover el jabón a su lugar determinado: la jabonera incrustada en la pared. Y aquí viene el problema: la jabonera está justo encima del dispositivo para el papel higiénico que también está incrustado en la pared. Cuando se coloca el jabón en la jabonera, el agua que arrastra la pastilla de jabón se acumula y si supera el escaso límite de contención de la jabonera se desborda y gotea. Las gotas de agua caen justo encima del papel higiénico, lo que como uno puede imaginar supone un inconveniente en momentos críticos.

La solución ha sido doble. Para mantener el jabón seco en la jabonera de la pared se ha colocado una jabonera de plástico a la que se le han cosido unos pequeños palos en la base para elevarla y a la vez permitir que el agua que se acumule en ella se filtre a la jabonera de la pared.

Exacto. El agua sigue goteando.

La solución final es que el papel higiénico ahora emigra a la repisa de la ventana o al borde de la bañera situada frente a la taza.

Quizás algún día a alguien se le ocurra arreglar el grifo. 

domingo, 12 de septiembre de 2010

De Antiquitatibus

La despensa de la casa del pueblo, esa cueva de Alí Babá, guarda, más que tesoros, chismes y cachivaches que los más se guardaron por si acaso algún día se necesitaban. Entre ellos hay algunos que pueden ser útiles y otros que son la herencia de aquel refrán que reza que quien guarda siempre tiene. No son sólo quincalla; son historia de vidas marcadas por la pobreza de una tierra y la miseria de una guerra.

La despensa venía reclamando a gritos, día tras día, una puesta a punto.

Ella ha estado ayer y hoy un rato cada día limpiándola. Embozada, como forajida al asalto del tren correo, se introduce decidida a llevar a cabo una tarea casi heroica. Mujer sin piedad, quitará de aquí, recolocará allá; ángel del Juicio Final, salvará lo útil y arrojará al infierno del contenedor de basuras de la Mancomunidad lo a todas luces inservible; diosa piadosa, librará del Averno al objeto que pida misericordia, pero para el impertinente y desafiante será la Medusa que da muerte con sólo su mirada.

Al final, de la absoluta anarquía surgirá el orden, y cada objeto adquirirá el protagonismo que se merece.

Como resucitadas del sepulcro del suelo, las botellas en pie encontrarán su cielo; las herramientas diseminadas volverán a su cajón; la plancha en su envoltorio de manta ocupará su destacado lugar sobre el austero baúl de madera de pino; en la vieja librería periódicos viejos, algunos anunciando la muerte de Franco, libros que nadie leerá, zapatos viejos y un juego de accesorios de baño competirán para permanecer vivos una temporada más.

Ella dejará sobre la alacena, que guarda la vajilla de los días de fiesta, la trampa para los ratones que, gracias a Dios, aún mantiene los dos cebos de queso que hace una semana les pusimos.

-- ¿Cuáles son las cosas más extrañas que has encontrado? – pregunta él mientras ella hace un descanso.

-- En un bote metálico de dulce de membrillo había una bolsa de achicoria de la que tomaba tu madre. También una pera (para aliviar el estreñimiento), un antiguo transformador para la radio y tres tapones de bombona en una bolsa.

Cuando reanuda la limpieza, al poco ella viene a preguntar:

-- ¿Qué hago con los periódicos? ¿Los dejo donde están?

-- Sí, sirven para encender el fuego; además, hay algunos muy antiguos.

-- ¿Y con los zapatos? – Se refiere a zapatos de no se sabe quién, que se guardan en el estante inferior de la vieja librería para que los use no se sabe quién.

-- Déjalos donde están –respondo inseguro.

-- Hubiera apostado un millón por esa respuesta.

-- Si fueran míos los tiraría.

-- Bueno, en realidad sólo hay tres pares.

Viene y me enseña un par de lo que parecen zapatillas de estar por casa, forradas y con cordones.

-- Parecen nuevas -- digo y se las lleva resignada.

En la despensa se oye el sonido de bolsas de plástico. Al cabo de un rato ella asoma por la puerta y arroja al pasillo una bolsa llena de otras bolsas.

-- More bags --dice, sonriendo y volviendo a la tarea.


La limpieza está terminada. La imagen del antes y del después me sugiere el contraste entre el Barroco y el Renacimiento. El Barroco es la indefinición de los contornos, la confusión, la línea curva y las formas complejas, el contraste, el movimiento, la perspectiva aérea; el Renacimiento es la claridad de los límites, la línea recta y las formas sencillas, el equilibrio, la quietud, la perspectiva geométrica.

Definitivamente la despensa es ahora renacentista.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Una Gioconda en Truchas

De humilde origen, de portada de un calendario de pared, la “Joven huertana” se ha convertido en la “obra de arte” de la casa del pueblo. Y, aunque relegada a un lugar humilde, al final del corto pasillo entre el servicio y la despensa, ejerce con sus ojos fijos una atracción inevitable a quien la mira, y vigila de modo permanente y hasta indiscreto a los habitantes de la casa.

Enmarcada en un cuadro, sus cuatro listones, trabajados por manos inexpertas, repiten un motivo geométrico que casa poco con el tema amable de la imagen.

El cuadro representa a una joven en la flor de la vida. De cabellos y ojos negros, ejemplo tópico y típico de mujer castiza, su rostro de rasgos sensuales muestra una expresión tímida y como incómoda por el papel que desempeña. Sentada frente a un paisaje de costa brava, bajo un cielo inquieto, semeja una Gioconda campesina. En su regazo descansa una cesta con frutos maduros que hablan de la fecundidad de una naturaleza salvaje y, como nueva Eva, su mano derecha nos ofrece, tentadora pero sin convicción, la manzana.

Lo mágico del arte es que hace que un instante perviva para siempre, mientras todo a su alrededor envejece o muere. Al final la joven tímida ve pasar uno tras otro los años, esperando al incauto que caiga atrapado en su trampa de falsa juventud eterna.

Pobre ingenua, quédate ahí mirando a este ordinario mundo desde esa humilde pero segura atalaya.

Nosotros, ordinarios humanos, seguiremos, al verte, soñando juventudes pasadas y paisajes idílicos, intentando, ingenuos, retrasar el paso inexorable del tiempo.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Entre pucheros


Víctor Hugo, en Los Miserables, al describir la casa que ocupa Jean Valjean, dice que la presencia de cortinas en las ventanas indica que en esa casa habita una mujer.

En la antigua Grecia el filósofo podía preguntarse por la razón de las cosas porque otros, esclavos, artesanos, comerciantes o funcionarios, satisfacían sus necesidades primarias: la comida en la mesa para su alimento, las sábanas para su descanso, las toallas limpias para su aseo, la ropa que vestía, su paseo seguro por la ciudad…

Hoy en día las cosas no son como en la sociedad esclavista y patriarcal de la antigua Grecia. Hoy día hombre y mujer se reparten en mayor o menor medida dependiendo de circunstancias, educación y costumbres la logística del día a día. Pero, y siempre desde el punto de vista de un hombre, existe una diferencia en el modo de abordar esas tareas “entre los pucheros” como las calificaba Santa Teresa. Si el hombre se interesa por lo práctico y efectivo, la mujer a ello le añade los detalles, en el color, en la textura, en el efecto.

Cuando regresamos por segunda vez al pueblo observamos que el seto que hay delante la casa había crecido de nuevo. Ante la necesaria poda, él quería cortarlo hasta la altura de su rodilla para que al año siguiente su crecimiento no tapase la fachada. Ella se opuso porque pensaba en el presente, en el efecto de frescor, verdura y vida que ofrecía; ella tenía razón.

Cada vez que venimos a esta casa vieja e incómoda, intenta limpiarle la cara, y poda setos, siega hierbas y arranca malezas. Se coloca el delantal viejo que hay detrás de la puerta de la cocina y, armada de una lanza terminada en un trapo enrollado, sugiere a las arañas que se oculten por unos días en las rendijas de las paredes.

Ella intenta hacer en lo posible del lugar que habitamos en cada momento un universo feliz, donde todo sonría.

En lo posible, porque la casa no es propia.

En una ocasión, aprovechando la existencia en la casa de una maquina de coser antigua, quiso cambiar las cortinas. No pudo. La justificación fue que a lo mejor las otras mujeres de la familia no estaban de acuerdo y lo podían entender como injerencia desmesurada. Aún persisten las viejas cortinas de lunares que en su día colocó la dueña.

Tampoco pudo convertir el huerto salvaje que hay detrás de la casa, donde sobreviven lánguidos árboles frutales, y donde año tras año hay que segar una maleza pertinaz, en una pradera de fino césped verde donde pasar las tardes tumbados en hamacas a la sombra de morales y manzanos durmiendo la siesta o leyendo un buen libro.

¡Si ella pudiera! ¡Lo que no haría con esta casa!

Ella, maestra del valor de lo sencillo, de la importancia del detalle y de la trascendencia del trabajo callado.

domingo, 5 de septiembre de 2010

High Noon

No era mediodía o High Noon como en la película de Gary Cooper, eran las cinco de la tarde, una hora muy torera, pero de la misma intensidad dramática. Nuestro protagonista, el nuevo bandido Frank Miller, se dirigía, no al encuentro fatídico con el sheriff Will Kane, sino a la farmacia del pueblo para comprar un paquete de Paracetamol.

Pero el destino, al igual que en la película, es inaplazable. Cuando nuestro villano llegó a la altura del Ayuntamiento cuya fachada adornaban las banderas de España, Europa y Castilla-León, vio, delante de la puerta del Banco, al alcalde, el nuevo Will Kane pero con bigote y un poco más joven. Inevitablemente se encontrarían. ¿Quién sacaría su arma primero?

--“Buenas tardes”--, dijo Frank, serio, fijando su mirada en el rostro seguro del sheriff.

--“Buenas tardes”--, contestó Will, mientras esbozaba una sonrisa cómplice que parecía decir: “¿Satisfecho?”

Una vez más Frank Miller salía derrotado del encuentro pues se quedó con la duda.

Frank Miller nunca sabría si el arreglo del camino de los Cantones había tenido que ver con la protesta encendida pero cortés que el había hecho al alcalde del nuevo Hadleyville, o si el trabajo de desbroce ya estaba proyectado de antemano.

Aunque la sonrisa cómplice del sheriff le decía que su reclamación por lo menos había acelerado el proceso.

Sea lo que fuera a Miller no le dolía en prendas reconocer que se había hecho un buen trabajo. El peligro de una maleza abundante y seca que cubría los senderos y escalaba las paredes de los huertos y cortinas, combustible ideal para un incendio de verano, había desaparecido. La casa de sus antepasados y los pajares estaban ahora protegidos.

La verdad es que nunca, en todos los años que llevaba viniendo al pueblo, se había visto una eficiencia parecida. “Buen trabajo Will, eso es gobernar y administrar: la búsqueda de la felicidad y bienestar del ciudadano.”

En este caso, y ya era hora, el afortunado era él, Frank Miller.

sábado, 17 de julio de 2010

El viejo moral del huerto

En el huerto detrás de la casa está el moral ya viejo. Emperador del huerto, aguarda paciente la visita ineludible de los intrusos. En él abundan ahora más las ramas secas que los brotes verdes y hay menos moras. Antes las ramas eran decididas, largas y frondosas, y escondidas bajo las hojas aparecían las moras blancas, rosadas y moras, de sangre púrpura, casi negra. El moral no ha sido cuidado, podado, dirigido y ahora sobrevive anárquico. Pero resiste, y año tras año surgen brotes de hojas nuevas. Porque la vida sigue y las generaciones (troncos y ramas) pasan. Las nuevas ramas y hojas se apoyan en el tronco viejo, pero brotan libres hacia el abierto futuro del aire.

Algo semejante a lo que le ocurre al viejo moral pasa con las sociedades. Si la sociedad no es cuidada, podada, y dirigidos sus impulsos vivos, se desarrollará sin rumbo y caerá en la anarquía, entendiendo ésta en su verdadero sentido griego: ανα-άρχή sin guía, sin orden.

Esto me viene a cuento en relación con el tema del Estatut de Catalunya. Una ley primero aprobada en el Parlament, luego ratificada mayoritariamente en referéndum por el pueblo de Cataluña y finalmente consensuada en el Parlamento español, ahora es recortada por el Tribunal Constitucional, porque no se ajusta a la Constitución española, según unos individuos en los que la misma Constitución ha depositado la facultad de decir lo que es legal y lo que no lo es.

Cataluña hizo una apuesta arriesgada a sabiendas de las consecuencias. Tesis, antítesis, síntesis. ¿Se apostó por el tope sabiendo que no se conseguiría, para al final quedarse con el máximo posible?

El problema es de democracia: ¿tiene razón la mayoría o debe ésta someterse también al dictado de la ley preestablecida por el propio pueblo: la Constitución Española?


Es obvio que existe una diferencia, histórica, cultural, lingüística catalana. ¿Forma parte la rama (Cataluña) del tronco (España)? La Constitución española fruto de la historia común de un pueblo dice que sí. La rama del pueblo catalán quiere crecer por un lado y el podador (el Estado) amarra y corta los extremos de ese brote. ¿Conseguirá el podador detener el impulso del brote y reconducirlo para que no desentone del resto del moral, o al final esa savia catalana hará caer la rama y decidirá formar su propio árbol?

En Historia lo que hoy es blanco mañana puede ser gris y pasado mañana negro. Al final, al igual que el agua de los ríos modela insistente su cauce, las personas hacen día a día su Historia. Las presas de los ríos contienen el agua en condiciones normales, pero el paso del tiempo las va desgastando y a veces las riadas se las llevan por delante.

jueves, 15 de julio de 2010

Un momento que ya voy…

Lady Surra

Hoy Radio Nacional ha hecho una encuesta sobre quién ha ganado en el debate sobre el estado de la nación. La opinión se divide entre Zapatero y Rajoy. Yo me sumo a la opinión de un periódico que hoy titulaba que Zapatero ha salido vivo.

Pero en realidad yo creo que esto interesa a muy pocas personas. La política tiene mucho de teatro y cada uno tiene que representar su papel para ganarse el sueldo.

A la gente le interesan otras cosas. A mí personalmente el debate me ha vuelto a recordar que como funcionario me han agredido y me han rebajado el sueldo, cosa inaudita en la Historia. Después del subidón de la Copa del Mundo hemos vuelto a la realidad cotidiana de seguir con nuestras vidas y a disfrutar con lo que hay: el fresco de la mañana, el solecito en el jardín sentado bajo la sombrilla escuchando el rumor del río y el canto de los pájaros, el pincho de queso y chorizo a media mañana, la sopa de fideos y el cocidito para comer, la siesta hasta las cinco, la consulta del correo por si hay noticias de mis hijos, la charla vespertina con mi amor, la lectura frenética de Los Miserables, el paseo con una Surra saltarina por el monte, las novedades futboleras en la radio, etc.

Creo que Surra tiene el secreto: de la cama a la calle, de la calle a la mesa y de nuevo a la cama, y entre tanto a tomar el sol, y cuando calienta en exceso a resguardarse a la sombra y vuelta a empezar. Ahora, mientras escribo antes de la siesta, la creo escuchar que desde la cama me dice: ¿vienes ya o qué?