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viernes, 24 de septiembre de 2010

Did she pee?

A veces hay pequeños despistes que salen caros.

Era una noche cualquiera. Cuando eran en torno a las diez, bajamos a darle a la perra su último paseo del día. Pero cuando llegamos a su territorio favorito, después de olisquear la base húmeda del poste de Prohibido el Paso a vehículos, colocado a la entrada del camino que lleva al parque de la Isla, y cuando ella había descendido el escalón que separaba la acera del pseudojardín donde ahora renacen los brotes de un antiguo árbol cortado, algo de importancia nos debió entretener en nuestra usual dialéctica, que al poco vimos a la perra volver a la acera y olisqueando el suelo dirigirse a otro afán. 

-- Did she pee? --preguntó la dueña, que presentía angustiada la papeleta que nos aguardaba ahora.

Si había meado, la perra ya estaba servida y podía retirarse a esperar, después de acurrucarse en su cómoda cama junto a su manta de lana azul favorita, otro día en el que vivir su vida de perra. Si no lo había hecho, en algún momento necesitaría devolver a la naturaleza su deuda.

-- No lo sé --contestó el dueño para quien, de costumbres fijas, se aproximaba la hora ineludible de entregarse a los dulces brazos de Morfeo.

Recorrieron arriba y abajo itinerarios seguidos por la perra en otras salidas. Animaron al pobre animal a resolver la duda que les asaltaba. Pero después  de mucho ir y venir y varias versiones del "Good girl", expresión que solía tener su efecto, de hacer a la perra agachar sus cuartos traseros y levantar la pata, decidieron dar por perdida la causa.

Volvieron a la casa y la sacrificada dueña se dispuso a velar delante de la televisión hasta una hora prudente, cuando bajaría de nuevo e intentaría, esta vez sin quitarle el ojo de encima, que la bendita chucha se apiadase de sus ojos cansados y depositase sobre la acera la líquida prueba.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Tabaco


Es curioso cómo experiencias vividas en la infancia te marcan para toda la vida, y sus efectos, normalmente dormidos, se despiertan cuando vuelves a vivir experiencias semejantes.

Hoy, mientras hacía mi paseo de todas las mañanas, una buena costumbre que practico en los veranos --había decidido incluso hacer fotografías del recorrido (es curiosa esta manía que tenemos de fotografiar todo, como si de esta forma detuviésemos el tiempo que se acaba)--; hoy, como decía, me sucedió algo que despertó en mi una experiencia traumática que creía curada. El recorrido del paseo era el usual: Cypress, luego Douglas, después Biscayne y por fin Golfview para de nuevo tomar Cypress y regresar. Me encontraba ya en Golfview, a más de la mitad del camino, y estaba a punto de llegar al cruce que parte el circuito del campo de golf, cuando oí los gritos de unos chavales. Al instante vi que, detrás, venían corriendo hacia mí dos perros impresionantes, no por su tamaño, más bien mediano, sino por su cara; no sabría decir si eran bulldogs, pero lo parecían. No sé cómo, pero mi primera reacción fue darles la voz de: ¡¿Ehh?!, mezcla de orden, sorpresa y súplica; luego en inglés, esta vez más decidido: go! go! Los perros se pararon. Mientras, la voz del chaval invisible les llamaba. Por fin dos muchachos aparecieron y les dije: Come and get it! Uno de ellos escapó corriendo mientras el otro persistía en llamarlos. Los perros, indecisos, volvían hacia mí; yo seguía petrificado, ordenándoles: go!, go! Un coche que pasaba por allí se detuvo y la mujer que lo conducía sacudía la cabeza como si se apiadase de mí y no comprendiese cómo los perros no estaban atados. Al final los canes se retiraron y yo, confiado, seguí mi camino recuperándome poco a poco del susto.

Seguramente los chuchos eran dos benditos, pero para su familia. A mí, si no me asustaron, sí me impresionaron.

No sé cómo pero el terror a la especie canina renacía en mí, al despertar mi experiencia con Tabaco, un perro pastor alemán que me dio un buen bocado en mi nalga derecha. Tendría yo unos siete u ocho años. Vivíamos entonces en Fuentes de Ropel, en Zamora. Estaba el pobre perro haciendo su trabajo, esperando a que las vacas terminasen de beber en la pila de la fuente y yo a la puerta del cuartel de la Guardia Civil. En realidad eran dos perros Tabaco y otro, del que no recuerdo el nombre, y tenían fama de no hacer buenas migas con nadie, especialmente con chavales como nosotros. Yo me sentía protegido junto a la puerta del cuartel. Si al perro se le ocurría hacer algo yo correría. Valiente, empecé a achucharle llamándole, desafiante: ¡Tabaco! ¡Tabaco! No me dio tiempo ni a darme la vuelta para echarme a correr y buscar refugio en la casa. Sentí el mordisco y no me acuerdo de más. Supongo que alguien detuvo al monstruo para que no me devorara. Supongo que recuperado del primer susto debí llorar lo mío. Cuando aterrorizado y a salvo se lo dije a mi padre, él, colocándome sobre sus rodillas, me invitó a que le enseñara dónde me había mordido el dogo y para que no me olvidara de la lección me dio una palmada en la maltrecha nalga para agilizar, supongo, su riego sanguíneo y evitar que me dejara marca.

Desde aquel día mi respeto por los perros fue absoluto e irracional. Creo que me convencí a mí mismo de que los perros y yo éramos incompatibles.

Hasta que llegó Surra, la “Imprescindible”.

¿Por qué no pensar que Surra, en vez de impuesta, ha sido el instrumento de algún proyecto del que desconozco el secreto pero sí sus beneficios? Ahora bien, si es cierto que Surra ha conseguido reconciliarme con su especie, aún no puede impedir que no me detenga, por si acaso, no sólo ante los perros enormes sino también ante los más diminutos.

Tabaco fue mucho Tabaco.

viernes, 6 de agosto de 2010

Miedos atávicos


Las tormentas en los Trópicos son espectaculares. Se diría que Zeus experimentase aquí toda la parafernalia de rayos y truenos símbolo de su poder. Éste, obviamente, no es sitio para Surra.

Me he preguntado muchas veces por qué Surra tiene tal terror de los truenos o de los petardos. Es sorprendente cómo, temblando en sacudidas que te mueven a compadecerla, busca refugio junto a ti bajo una silla, junto al sofá o se mete bajo la cama. Por lo visto, parece ser algo común a todos los perros. Debe ser un miedo incrustado en su cerebro y heredado de tiempos antediluvianos.

Nosotros humanos padecemos sensaciones similares. Nos asusta la oscuridad y huimos del contacto de ciertos animales como arañas o cucarachas. Aun habiendo sido criados, unos más que otros, en un ambiente acolchado del cariño y de la sonrisa de nuestra madre, y alejado de temores, sentimos y prejuzgamos, aún irracionalmente, la amenaza.

Tendría yo once o doce años. Vivía entonces en Tábara, en el cuartel de la Guardia Civil. El cuartel estaba separado del pueblo unos trescientos metros y unido a él por una acera, bordeada a un lado de huertos donde crecían árboles frutales de formas fantasmagóricas y al otro por un ancho camino por donde podrían correr carrozas espectrales. Una noche, no me acuerdo por qué, tuve que ir solo desde el cuartel al pueblo. La noche era cerrada y no había avanzado ni veinte metros cuando empecé a mirar sobre mi hombro por si alguien, espíritu o demonio, venía detrás de mí. No pasaron ni segundos cuando me vi apresurando la marcha y enseguida corriendo, presintiendo que de un momento a otro una mano huesuda se pusiera sobre mi hombro y me arrastrara hacia los abismos infernales. Ni que decir tiene que sólo me detuve cuando alcancé las primeras casas y luces.

¿Por qué me extraño de Surra cuando aún ahora, a mi edad, estoy seguro de que si volviese a verme en aquella acera de Tábara volvería a sentir, si no el mismo terror, sí el aliento del miedo sobre mi cogote?

martes, 20 de julio de 2010

¿Dónde está la reina?

Esta tarde dejé a Surra en su residencia de verano: Manatí, una clínica para perros que es a la vez consultorio, peluquería y tienda de animales. Los propietarios son gente magnífica y muy profesional.

Como nos ha visto preparar las maletas para las vacaciones de verano, cuando salimos de casa con sus cosas para llevarla a la residencia pensó que ya nos íbamos todos y estaba exultante. Ya en el coche, a mitad de camino hacia la residencia empezó a sospechar, y al acercarnos noté su ansiedad cuando, erguida sobre el asiento, husmeaba el aire. Cuando entramos en la clínica noté cierta resistencia pero supongo que ella pensaba que mientras yo estuviera con ella no tenía nada que temer. Lo peor fue cuando vio al dueño: su cabeza se empequeñeció, sus orejas se plegaron hacia atrás y sus ojos parecían salirse de sus órbitas; tal era la tensión en su rostro. Sus ojos me miraban y me suplicaban que no la dejase. De algún modo me recordaba a otras despedidas dolorosas: a mí, cuando a los once años mi padre me dejó en el colegio de Coreses, en aquel mundo grande, frío y desconocido, separándome del pequeño, cálido y acogedor hogar en Tábara; a mi hija, cuando al empezar sus estudios en Salamanca, quedó sola en la rancia residencia de las monjas; o, en fin, a mi hijo cuando, al continuar sus estudios en Madrid, quedó solo en la gran ciudad.

Yo sé que en la residencia estará bien cuidada pero ella sólo entiende de nosotros y sólo quiere estar con nosotros. No se separa de nosotros: nos sigue a todas partes, incluso cuando nos movemos de una habitación a otra. Le gusta su rutina: sabe cuándo es la hora de tomar el aperitivo en el que ella recibe su ración de queso, y si tú no te acuerdas, después de comer te recuerda que hay que tomar el postre: el bizcocho o el fignuten.

¿Qué estará haciendo la reina ahora?

jueves, 15 de julio de 2010

Un momento que ya voy…

Lady Surra

Hoy Radio Nacional ha hecho una encuesta sobre quién ha ganado en el debate sobre el estado de la nación. La opinión se divide entre Zapatero y Rajoy. Yo me sumo a la opinión de un periódico que hoy titulaba que Zapatero ha salido vivo.

Pero en realidad yo creo que esto interesa a muy pocas personas. La política tiene mucho de teatro y cada uno tiene que representar su papel para ganarse el sueldo.

A la gente le interesan otras cosas. A mí personalmente el debate me ha vuelto a recordar que como funcionario me han agredido y me han rebajado el sueldo, cosa inaudita en la Historia. Después del subidón de la Copa del Mundo hemos vuelto a la realidad cotidiana de seguir con nuestras vidas y a disfrutar con lo que hay: el fresco de la mañana, el solecito en el jardín sentado bajo la sombrilla escuchando el rumor del río y el canto de los pájaros, el pincho de queso y chorizo a media mañana, la sopa de fideos y el cocidito para comer, la siesta hasta las cinco, la consulta del correo por si hay noticias de mis hijos, la charla vespertina con mi amor, la lectura frenética de Los Miserables, el paseo con una Surra saltarina por el monte, las novedades futboleras en la radio, etc.

Creo que Surra tiene el secreto: de la cama a la calle, de la calle a la mesa y de nuevo a la cama, y entre tanto a tomar el sol, y cuando calienta en exceso a resguardarse a la sombra y vuelta a empezar. Ahora, mientras escribo antes de la siesta, la creo escuchar que desde la cama me dice: ¿vienes ya o qué?