Mostrando entradas con la etiqueta Plasencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Plasencia. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de noviembre de 2010

Puntualidad


¿Es posible la puntualidad en este país?

¿Es parte de la cultura española o es un problema de educación?

Yo creo que es un problema de educación que es necesario abordar con decisión. Costará, pero con constancia y firmeza se conseguirá que todos lleguemos a la hora. "¡Bah! Eso no es un problema" --dirán algunos. "Sí, sí lo es, porque se trata de mi, de tu tiempo" --respondo. Los que estén de acuerdo conmigo seguro que tendrán miles de anécdotas que contar. He aquí algunos ejemplos.

Era la cena de fin de curso. Habíamos quedado a las nueve de la noche en el restaurante. Cuando llegué a la hora prevista sólo había dos compañeros. No exagero si digo que los últimos convocados llegaron con tres cuartos de hora de retraso. Mientras, los puntuales, entre los que me honro encontrame, esperamos paciente pero erróneamente. Dudo si acudiré a la cita la próxima vez. Por supuesto a los retrasados les importaba poco su falta de respeto o que el encargado de cocina se subiera por las paredes por nuestra falta de consideración.

¿Quién no ha sido convocado a una reunión de vecinos? En la convocatoria aparece el añadido "en segunda convocatoria" para promover la impuntualidad, porque como ya tenemos experiencia de que a la primera no van a estar todos, vamos un poco pasada la hora de la segunda, por si acaso.

Hasta personas a las que se les supone la educación (y la interiorización del significado último de aquélla, que no es otro que el respeto al prójimo como medio de convivir en sociedad) como son los profesores, cuando son convocados a un Claustro o Consejo, se permiten la temeridad de hacer esperar a los puntuales para el comienzo del acto, que, absurdamente, los presidentes (entre los que me he encontrado), en vez de empezar a la hora, ruegan a los presentes esperar cinco minutos para permitir la asistencia de los impuntuales. Cuando lo normal debería ser la presencia de todos cinco minutos antes del comienzo del acto, como muestra de respeto a la presidencia que nos hace el favor de "servirnos".

Por eso, cuando en la escuela nosotros, profesores, insistimos en la puntualidad de los alumnos, estamos abocados al fracaso. Porque, ¿qué ejemplo tienen de nosotros? Ninguno. Toca el timbre de entrada y salimos de nuestros despachos o salas para llegar a unas aulas, atravesando por entre grupos de alumnos que se agolpan en los pasillos, y naturalmente remolonean para entrar. Llegamos tarde y nuestros alumnos (al contrario de lo que algunos de nosotros, cuarentones o cincuentones, hacíamos con nuestros profesores cuando íbamos a la escuela o al instituto) no nos esperan, sino que poco a poco van entrando y antes de sentarse saludan o tontean con algún amigo. Cuando estamos todos preparados para empezar han pasado ya casi diez minutos.

¿Qué hacemos entonces?

Tenía un compañero que cuando sonaba el timbre y él entraba en clase, cerraba la puerta, y alumno que no estuviese en el aula no entraba. Él era puntual y exigía puntualidad. A él le funcionaba. Él enseñaba Historia de España y conocía las teorías de Sánchez Albornoz sobre la indomabilidad del hispano sino por caudillos y mano dura.

En algunos centros se ha intentado solucionar el problema de la salida de los alumnos al pasillo entre clase y clase haciendo que el profesor se quede en el aula hasta que venga el siguiente profesor. Esta medida solucionaría un problema, el de la algarabía en los pasillos, pero no el de la puntualidad del profesor, y con ello no educaría en la puntualidad del alumno. Pensándolo mejor, la medida podría resultar, porque sacaría los colores a más de uno; pero quizás crease un problema de disculpas encadenadas: "Perdona, pero no he podido llegar antes porque el profesor que tenía que venir a la clase donde yo estaba se retrasó, así que yo me he retrasado para llegar a ésta." Aunque, por otro lado, no sé si no se atenta así contra los derechos del trabajador, obligándole a alargar su hora de trabajo permaneciendo más tiempo del debido en el aula, o contra el derecho del alumno a recibir el tiempo de enseñanza que está establecido en su horario.

Quizás, para empezar, no estaría de más, además de recordar el deber de nuestra puntualidad, sacarles los colores a los listos y listas que remolonean, y hacer de su falta de puntualidad un escarnio y algo vergonzoso. Comprendo la difícil tarea de los jefes de señalar individualemente a aquéllos o aquéllas que descaradamente repiten su remoloneo día tras día y sermón tras sermón. Pero no vale con amenazar con tomar medidas y luego no hacer nada. Porque, o uno dice y luego hace, o si no, que no diga, y entonces todos a una entonaremos el ¡Viva la Pepa! Lo que no vale es que aquéllos y aquéllas de poca vergüenza se escondan en advertencias dirigidas al común. Si se quiere curar un cuerpo hay que cortar por lo sano y limpiarlo de lo enfermo. 

Mi amigo tenía razón. Se cierra la puerta y el que no esté que tome nota para la próxima vez.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

El culo con las témporas

Cuando se trata de relacionar dos temas que en apariencia no tienen nada que ver, en castellano hay un dicho que reza: "no se debe confundir el culo con las témporas".

Pues bien, venía yo hoy de mi trabajo y al pasar por delante de la calle Leonor de Plantagenet vi las, ya tratadas en este blog, famosas escaleras mecánicas, que avanzan en su montaje, de tal forma que ya puede visualizarse cómo van a quedar definitivamente.

Probablemente estén terminadas mucho antes de las elecciones de 2011, para que de ese modo la alcaldesa pueda ofrecer uno de los logros de su gestión a la ciudadanía que vaya a ejercer su derecho al voto.

Pues, como digo, venía yo de mi trabajo, y de ganarme el sueldo laboriosa y honradamente, intentando enseñar a mis alumnos, y al ver las dichosas escaleras me entró un cabreo tal, que quiero dejar constancia de él en esta entrada.

Como ya dije en otra ocasión, las escaleras son un lujo y un despilfarro, que si lo construyese la señora alcaldesa de su propio bolsillo, a mí como si se la refanflinfa, pero cuando lo que se ha hecho es con mi dinero, eso ya es otra cosa. Porque encima, después de despilfarrar, van y para arreglar el destrozo me recortan casi un diez por ciento el sueldo. ¿Pero, esto qué es? Y es que encima somos gi... y aguantamos como si no pasase nada.

El día 29 me van a volver a quitar más de cien euros en el sueldo, como hicieron en la última jornada de protesta, pero yo, por mínima dignidad, voy a hacer huelga.

martes, 20 de julio de 2010

Catilipo, o la Política al revés

La escalera mecánica 2.

Se reanudaron las obras de la escalera mecánica de la calle Leonor de Plantagenet en Plasencia.

Se trata de un proyecto al amparo de la política de inversiones públicas para salir de la crisis. En la crisis del 29 se aplicaron las recetas de Keynes que animaban a la inversión en obras públicas que dieran trabajo a mucha gente para de esta forma estimular el consumo y con ello la economía.

En la escalera mecánica, una inversión de miles de euros, trabajan no más de diez empleados. Obviamente, en este caso, el factor trabajo va a generar poco consumo y va a tener poco impacto en la salida de la crisis.

Ah, ¿pero tú creías que la obra se hacía para generar empleo y generar consumo? Ingenuo.

En el año 2011 hay elecciones municipales y la escalera mecánica se va a presentar como un logro del actual equipo de gobierno municipal.

¿Acaso no existen necesidades en la ciudad que hubieran permitido un mayor empleo?

Política al revés: política como instrumento de imagen para los dirigentes y no política como actividad en beneficio de la polis, de los ciudadanos.

lunes, 12 de julio de 2010

Recuerdos

Lo bueno que tiene el Claustro final es que cuando termina empiezan las vacaciones, esas vacaciones temidas por los padres y ansiadas por unos profesores agotados.

Pero hoy no toca hablar de vacaciones, hoy quiero recordar a mis compañeros del Claustro con los que he compartido un curso entero.

Cuando llegué a mi nuevo instituto lo hice con una cierta prevención. Es un instituto recién nacido como éste, formado por profesores jóvenes, muchos de los cuales están en él desplazados, esperando una plaza en esta ciudad, en un instituto como éste, digo, la llegada de un profesor como yo, veterano y con plaza definitiva, puede verse como una intrusión.

Sin embargo, desde el primer día el acogimiento del profesorado del entonces IES n 6 de Plasencia y ahora IES Sierra de Santa Bárbara, ha sido total: de todos he sentido respeto y disposición para ayudarme a adaptarme a un medio y alumnado diferente.

Porque yo soy el abuelo en el instituto. Mis alumnos me preguntan cuántos años tengo y yo les digo que muchos. Hasta me preguntan si tengo nietos…! En la última junta de evaluación me sorprendí pensando que una profesora colega sentada junto a mí bien podría ser mi hija.

Soy un privilegiado en este centro. Cuando entro en el aula estoy expuesto a la ingenuidad y capacidad de asombro propia de la juventud de mis alumnos. Ingenuidad que me sorprende, me rejuvenece y me hace hasta estallar en abiertas carcajadas. Y en los pasillos y claustros estoy rodeado de jóvenes colegas que aun mantienen la ilusión y fe del educador que empieza.

Lo bueno de ser joven es que es el momento de ser idealista y por ello optimista. Cuando envejecemos tenemos la tendencia a caer en el “cualquier tiempo pasado fue mejor” o el “con estos alumnos ya no hay nada que hacer”. Los jóvenes nos dan lecciones de que en vez de esperar que los demás cambien, debemos ser nosotros los que nos adaptemos a los tiempos nuevos. Recuerdo cómo en un claustro en el que un colega mayor, aunque no tanto como yo, se quejaba de la escasa calidad del alumnado del centro, una joven profesora de Biología, tímida y sonrojada, se atrevió a plantear la posibilidad de que quizás el problema no estaba tanto en ellos como en nosotros, que no éramos capaces de enseñarles. Al final del claustro me acerqué a esta profesora, que bien podría ser mi hija, y la felicité porque con su intervención nos había vuelto a recordar cuáles eran los ideales que nos habían llevado a ser profesores. Ella, necesitada de que alguien le reconociese lo acertado de su natural idealismo, se puso la mar de ancha y contenta.

Creo que me he hecho un lugar en el corazoncito de mis colegas y mis alumnos. En la última cena del curso los profesores se empeñaron en mostrarme su cariño obligándome a salir a escena y participar en las bromas. Mis alumnos de Primero C me llaman tito Evelio. Los que no han sido alumnos míos al verme tan serio me declaran orgullosos que han aprobado todas las asignaturas, que han sacado tal buena nota en Sociales, o que quieren que les dé clase el curso que viene.

Muchas gracias profesores y alumnos del Instituto Sierra de Santa Bárbara (o San Miguel, como a mí me gusta llamarlo). El año que viene prometo entregaros mucho más.