viernes, 31 de diciembre de 2010

La buena educación


Mientras esperaba mi turno en la carnicería, observaba al carnicero preparar la carne. Su dominio con el hacha o el cuchillo es el resultado de muchas horas de práctica. Dónde ha de cortarse, cuáles son los secretos de las carnes, cuál es la mas apropiada para uno u otro plato; todo ello es lo que hace a un artesano de la carne dueño de su oficio. Pero hay algo más. Si a esa técnica le añades la bonhomía, es decir, la virtud, te encuentras ante una persona realizada. Y eso también es el resultado de buena crianza, de buenos cimientos.

El carnicero de mi barrio saluda a cada cliente que entra en su tienda, a muchos por su nombre; tiene siempre una actitud de servicio, y además esta contento de servir; hace su trabajo a conciencia; y vela por la buena salud de sus feligreses. Respeta a cada uno de los múltiples caracteres que entran en su tienda; sabe hasta dónde puede llegar en cada caso: con algunos bromea y se deja bromear, con otros hace comentarios más serios pero sin perder la sonrisa.

Lo más seguro es que su educación formal, sus estudios, hayan estado limitados a la educación básica. Pero su educación es muy superior a la de muchos que tienen títulos universitarios.

Nos empeñamos en defender la necesidad de una buena formación. Mejor sería si nos empeñásemos en una buena educación. Y en ésta tenemos mucho que aprender de esos hombres y mujeres que saben hacer bien su trabajo, y además lo hacen con el respeto y el cariño hacia sus clientes reflejo de su buena educación. Decía Pablo de Tarso: “Aunque hable la lengua de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como el bronce que suena o címbalo que retiñe". Sustituyamos la palabra "caridad" por "educación" y lo mismo puede decirse de los que tienen mucha formación, mucha cultura, pero no tienen respeto, consideración, en definitiva buena educación.

Prefiero mil veces como persona al carnicero de mi barrio que al liceniado orgulloso y snob que mira a los demás por encima del hombro. Al final lo que queda de uno son sus actos, no su sabiduría. Es mejor que ésta se traduzca en aquéllos con honestidad, honradez y respeto.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Los pájaros cantan, las nubes se levantan...


"¡Cómo te cambia la vida!"

A mi derecha se sentaba una habitual compañera feligresa, que hace unos pocos años se ha convertido en abuela.

La exclamación del inicio sucedió a la cortés felicitación de Navidad y al no menos cortés interés por cómo se había pasado la Nochebuena. "Vino mi hijo que está en H..., y nos sugirió que fuésemos todos a Madrid a ver a F... mi otro hijo, que, como su mujer tenía guardia esa noche, estaba solo con mi nieto. Éste, nada más nos vio, se puso muy contento y no paró de reírse. Y por la noche, cuando nos fuimos a dormir, se acostó con nosotros, entre mi marido y yo... Lo peor es dejarlo... ¡Cómo te cambia la vida!... Llevo todo el día triste."

Apenas seguí el sermón. El sacerdote insistía en su habitual tema de la confianza en la voluntad divina y retomaba un tema nuevo del día anterior, el de la verdadera alegría, no de la inmediata y perecedera. Y mientras escuchaba y no, pensaba en las palabras de la compañera feligresa. Sus vidas habían estado trazadas por el plan más o menos esperado una vez casados y con hijos: criarlos, educarlos, ayudarlos en la búsqueda de empleo y luego, acostumbrándose a su ausencia y al vacío dejado, seguir viviendo y envejeciendo juntos.

Pero de pronto, un día, ese futuro planificado y previsto por ellos se transforma con la llegada de un nieto. De nuevo, como si despertasen, vuelve el sol a sus vidas grises, los pájaros cantan, las nubes se levantan... Y entonces la rutina se transforma en sorpresa, la calma en sobresalto, la indiferencia en interés, las horas mustias en estallidos de risa y alegría...

Verdaderamente, ¡cómo te debe cambiar la vida! 

martes, 28 de diciembre de 2010

Ítaca


Si eres tutor de un grupo de alumnos con problemas de aprendizaje, uno de los momentos más temidos es cuando recibes el acta de evaluación del grupo y compruebas que la media de suspensos es superior a la normalmente asumible. Otro momento difícil es cuando tienes que comunicarles a tus alumnos las malas noticias.

Era el penúltimo día de clase del primer trimestre y estaban presentes sólo una tercera parte del grupo. Cuando terminé de decirles sus notas tuve la impresión de que una gran losa acababa de caerles encima. Porque no por esperado el efecto deja de tener su poder.  Quizás hubo en algunos la tímida rebeldía y esperanza de que superarían la adversidad. Pero pronto, como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, esa pequeña luz se diluye y es absorbida por la vorágine de los estímulos que llevan al alumno a quedar fuera del camino de la recuperación. Es necesaria autodisciplina para seguir el rumbo, atándose al palo mayor del barco, y no sucumbir ante los en-cantos de las numerosas sirenas que nos impiden llegar a Ítaca.

Uno, sólo uno de entre ellos se sorprendió de que, al contrario de lo que él esperaba, no le quedara ninguna asignatura suspensa. Era como el patito feo. Se sentía un elegido, aunque sus compañeros intentasen minimizar su hazaña. A su lado estaba el que, ya repetidor, excusaba sus malos resultados en que como había sido expulsado no había podido asistir a clase, y aseguraba que obtendría su título en la educación para adultos. A continuación otro me decía que la profesora X le tenía manía. Y finalmente estaba la alumna que, feliz en este mundo y rebosando vitalidad y simpatía, es materialmente incapaz de abrir un libro y estudiar lo mínimo.

No se trata ya de lamentar inútilmente la pérdida de su oportunidad para descubrir la riqueza de la vida a través de la cultura, el problema es que estos alumnos necesitarán en un futuro no muy lejano un documento que justifique los requisitos académicos exigidos para obtener un puesto de trabajo. Y ni los padres ni los profesores somos capaces de motivarles para conseguirlo. Es posible que para ello necesiten otro tipo de institución de reaprendizaje de conducta. Por muchos andamios sorprendentes e innovadores que se utilicen en su construcción, una casa necesita sólidos cimientos para sustentarse. El aprendizaje de la cultura necesita un mínimo de motivación personal y de disciplina. Sin estas bases sobran métodos mágicos de los que al final también se aburren. En la escuela, alumnos repetidores que suspenden más de cinco asigaturas, cuyos contenidos mínimos están en lo mínimo, necesitan otro tipo de currículo y otro tipo de profesionales: necestitan aprender un oficio y la disciplina que exige un trabajo manual.

Imaginémonos una competición de salto de altura donde la barra estuviese colocada a la mínima distancia para poder conseguir el paso a la siguiente fase. Entre los convocados están los que superan el mínimo con holgura, aquellos que a duras penas lo hacen, y aquellos que no quieren saltar y preferirían ser los que colocan la barra. A éstos los padres les animan y los entrenadores les estimulan y les recuerdan las técnicas básicas del salto; ellos reflexionan por un momento, pero cuando llegan hasta la barra no pueden levantar ni la pierna y vuelta a empezar; y así una y otra vez.

O se buscan los medios para motivarlos a saltar, o posiblemente habría que decidir que esa prueba no está hecha para ellos y convendría buscarles otro puesto en la competición.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Sus platos favoritos

Tomó la cámara fotográfica para hacer fotos del árbol de Navidad que entre él y su hermana estaban decorando. Al comprobar cómo habían salido, descubrió guardadas en la memoria una serie de fotografías de platos de cocina que su madre había hecho. Lo que él no sabía era que esos platos los había preparado su madre para su regalo de Navidad. "¡Lemon chicken! ¡Albóndigas al vino! ¡Habéis comido todos los platos que a mí me gustan!" --se lamentó el joven Apolo. Su madre se encogía de hombros mientras en su interior sonreía, complacida porque había acertado con el regalo.

Durante semanas ella y su marido habían estado sometidos a un programa estricto y placentero de comer todos los platos que, durante los años en que sus hijos habían convivido con ellos, habían constituido la dieta familiar. Y en especial se había concentrado en los platos que habían formado el bagaje gustativo de la memoria de su hijo. Cada dos o tres días un nuevo plato aparecía sobre la mesa, y ella tomaba sendas fotografías, una de la fuente o cazuela donde se había cocinado, y otra de una ración servida. "¿Cuál te gusta más?" --era la pregunta habitual que obligaba al marido a una decisión difícil pero normalmente concordada.

El destino de las fotografías era componer un libro de recetas de los platos preferidos de su hijo, para que él las pudiera realizar y quizás transmitir algún día a sus hijos. Cada detalle del álbum fue cuidadosamente estudiado. En su cofección colaboró la papelería, convertida en cómplice. Hasta la cubierta provocó una desazón el penúltimo día: el color amarillo era el preferido (adecuado por sus propiedades estimulantes del apetito) y para superar una mínima dificultad hubo que recurrir a la imaginación.

En la mañana de Navidad, cuando llegó su turno, el hijo tomó el paquete, rompió ávido el envoltorio de papel y abrió la caja. Dentro había una carpeta amarilla. Intrigado, abrió la tapa y al pronto fue descubriendo uno a uno, con los ojos abiertos y la expresión incrédula, los mil placeres que recordaba de su infancia y adolescencia. Mientras descubría los secretos de cada plato y musitaba sus nombres, como si conjurándolos quisiese hacerlos realidad, su madre sonreía.  

Luego se levantó y dirigiéndose hacia ella la comió a besos.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Patchwork


El hilo, la aguja, el dedal y... unas manos.

El eslabón entre la mente creadora y la materia inerme pero dúctil, son esas manos maduras, experimentadas y hábiles que responden ágiles a los deseos de aquélla.

Entre las manos, la tela, dócil a dejarse imprimir un mundo de diseños, puntadas, arreglos, pero sobre todo horas y horas de pensamientos, desengaños, tristezas, nostalgias, culpas, logros, sueños, ilusiones, en definitiva ... vida.

Mientras hunde la aguja en el lugar preciso, mide la distancia de la puntada y hace surgir de nuevo el acero a la luz, han pasado apenas segundos, pero el movimiento, una y otra vez repetido, se convierte en péndulo de tiempo que mide las frases de pensamientos que se enlazan para reproducir un recuerdo a la hija ausente y para recordar una vez más las muchas historias que contarle cuando venga; para sentir la nostalgia del abrazo del hijo cercano en la distancia pero lejano con sólo traspasar la puerta de la casa; para repasar una vez más proyectos por realizar; para recuperar momentos vividos; o para compartir con el compañero el lento o apresurado paso del tiempo.

Cada pedazo de tela es un pedazo de vida. Algodones, lanas, panas, telas sintéticas, cada una de una textura y de un color distintos; colores de tonos gastados por el uso y los muchos lavados. Pedazos de ropa que guardan el recuerdo de arenas de parques, de caídas en juegos y carreras, de estrenos de fiestas, de uniformes de colegio, de disfraces de Carnavales y Halloweens.

Sentirlos de nuevo entre los dedos; hacer de ellos pantallas que al pespuntar plasman y van reflejando tantos y tantos cuidados, preocupaciones, risas, confesiones, e ilusiones de futuro; convertirlos, con la pericia de las manos cansadas, en testimonio futuro de un pasado que jamás se olvidará.

Al final ella puede decir: aquí está mi vida unida a las vuestras para siempre. Sentiréis mi presencia en el calor y la caricia, en el color y en el olor que evocaré.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Expectativas

No ha mucho escuché en la radio que nuestras expectativas como personas dependen de las expectativas que en su día se hicieron nuestros padres de nosotros. La profesional invitada al programa sugería que para mejorar nuestra autoestima nos imaginásemos la madre o el padre perfectos que nos tenían en la máxima estima y nos consideraban lo máximo como hijos o hijas.

Me pregunto cuál habrá sido el efecto de las expectativas de los padres de algunos de mis alumnos sobre la autoestima de éstos. Estoy seguro de que cuando nacieron, sus padres los consideraron lo mejor del mundo y se propusieron para ellos lo máximo que puede desearse. Pronto se darían cuenta de que, por más que lo intentasen, poco o nada podían influir en la mayoría de las circunstancias que moldearían las vidas de sus hijos. Pero, paradójicamente, de la respuesta de éstos a esas circunstancias, o desafíos de la vida, dependería la evolución de las expectativas de sus padres sobre ellos.

El penúltimo día de clase de este primer trimestre comuniqué las notas a los alumnos de mi tutoría. No eran buenas. A pesar de la protesta de algún optimista porque le habían quedado menos que el año anterior, la sensación general que percibí fue que si ya se sentían hundidos debieron hundirse un poco más. Tenían ante sí la dífícil papeleta de afrontar el rostro resignado de sus padres. Lo triste es que quizás esos alumnos ya han asumido la decepción de sus padres y que más ya no pueden decepcionarlos.

Sumidos en ese sentimiento de inferioridad, dudo de la eficacia de las teorías de la tertuliana radiofónica. ¡Si al menos como Sísifo, el del mito, consiguieran llegar con su pesada carga hasta la cima! Pero están tan hundidos que más parecen Prometeos encadenados esperando que alguien les recuerde que ellos aún son poseedores de un ascua capaz de ser inflamada con el soplo necesario. 

domingo, 19 de diciembre de 2010

Un frío de justicia

Cuando llegaron a la iglesia observaron que los sitios donde habitualmente se sentaban estaban ocupados por una señora. Aquellos sitios tenían una particularidad: estaban justo al lado de un calefactor. En un día frío como aquél, aquellos lugares eran los más cotizados. Había más gente de la habitual. Pronto supieron que se trataba de una misa de aniversario.

El tema del Evangelio era el dilema que se le plantea a José cuando se entera de que María está esperando un hijo. La ley le permitía repudiarla, pero él, después del sueño y las palabras del ángel, decide no hacerlo. El bueno del sacerdote centró su homilía en la actitud de fidelidad del Carpintero. Pero algo rechinó en los oídos del oyente. El orador unía dos palabras que no cuadraban. "José era justo. Él no denunció...él no denunció". Por de pronto el mensaje del orador era equívoco. Es obvio que una persona de su responsabilidad hablaba con intención. La cuestión es si se refería a situaciones con las que estaba familiarizado.

Lo primero que pensó el oyente era lo absurdo de lo que oía. "Todo lo contrario --se dijo a sí mismo--, si uno es justo tiene que denunciar la injusticia". La justicia se simboliza con la figura de una mujer con los ojos vendados que tiene en una mano una balanza y en la otra una espada. Justicia es dar a cada uno lo que se merece. Estamos asistiendo diariamente a la irresponsabilidad, el fraude, al engaño y no puede pedirse a una persona bien nacida que mire para otro lado. La persona justa debe, con los ojos vendados, sopesar la acción que juzga, y si la acción juzgada no se corresponde con lo que debería ser, entonces utilizará la espada para corregirla. José sí era justo porque conocía la verdad tal como se la había revelado el ángel y no denunció por eso. Visto así, las palabras del cura no chirrían tanto. Pero aún así, la yuxtaposición quizás no fue la más afortunada.

Cuando el oyente estaba en esta reflexión bizantina, cuando apenas seguía el resto del discurso, y cuando esperaba que de un momento a otro el orador finalizase, aún así, fue sorprendido por el "Creo en ...", primeras palabras del Credo, que daban por terminado su discurso. Al orador podrían achacarle falta de sistema en su exposición, machaconería en el tema recurrente de sus homilías, pero nadie, ni siquiera el más avezado director de suspense, le ganaba a lo inesperado de sus finales. Lo bueno que tenían sus misas es que el paso de un periodo a otro se producía sin solución de continuidad. Es justo reconocerlo.