domingo, 3 de julio de 2011

Tanto monta, monta tanto...

     En este caso que me ocupa el orden de sucesión de los hechos no altera el resultado de bienestar.
     El otro día por la mañana, después de una precipitada carrera a través de la carretera como un Ben-Hur sujetando el impulso salvaje de fogosos Aldebaranes, cuando Surra llegó al lugar elegido decidió hacer mayores. Obviamente eso para ella era lo urgente. Se saltaba necesariamente la sucesión normal de sus actividades de contribución al proceso ecológico: primero menores y luego mayores. De cualquiera de las dos formas, no importa el orden, el resultado para ella fue el quedarse a gusto y dispuesta a afrontar una mañana de quién sabe qué reflexiones perrunas, siestas y aperitivos.
     Quizás es que los animales saben realmente lo que de verdad es la vida: un regalo que se escapa y que no hay que complicar. Al fin y al cabo lo importante es que estamos vivos. Nos sobran complicaciones sociales, morales y filosóficas, y nos falta seguir el flujo sabio de la naturaleza. Tanto monta, monta tanto... 

jueves, 23 de junio de 2011

Placeres compartidos

Eran las seis y media de la tarde y sentado en el sofa junto a la lámpara de pie me dispuse a leer algunos capítulos de "Taxi", un libro del egipcio Khaled Al Khamissi, en el que se retrata el mundo actual de Egipto a través de conversaciones con taxistas. (Lo aconsejo, es muy entretenido.) Así, aislado en la penumbra creada por las persianas bajadas -hoy hemos tenido en torno a los 35 grados-, y escuchando sólo el zumbido del ventilador que refresca el ambiente, cuando llevaba ya un buen rato disfrutando de las peripecias de los taxistas del Cairo, veo que, sigilosa pero decidida, Surra entra en la habitación, merodea unos instantes para hacerse notar, y como ve que yo no me muevo, dando un pequeño salto se sienta junto a mí en el sofá. La miro y me río porque sé lo que quiere. Para recordármelo se lame el hocico. Yo sigo leyendo y ella me mira insistente y me toca el brazo con su pata, como diciendo "¡Eh!, ¿qué? ¿te has dado cuenta de la hora?" La acaricio para distraerla aunque sé que en un minuto tendré que levantarme y darle un consuelo para que aguante hasta la cena. Al fin mina mi débil resistencia y lo consigue. Voy a la cocina, tomo unas cerezas y regreso al sofá. Mientras las como me indica con su mirada que quiere participar del banquete. Parto la cereza a la mitad, me quedo yo con la que tiene el hueso y le doy a ella la otra. Cuando terminamos, yo retomo la lectura y ella se hace una bola y se acurruca a mi lado. Luego,  como si se hubiese acordado de alguna tarea pendiente, se levanta y, silenciosa como vino, se pierde en alguna de las habitaciones vacías de la casa hasta la próxima alerta de su instinto programado.

miércoles, 22 de junio de 2011

Ojos que no ven...

     Me ha pasado más de una vez cuando, como tutor, he tenido una entrevista con el padre o la madre de algún alumno o alumna. Me viene a la mente  la tragedia familiar de "La muerte de un viajante": el padre que disculpa y hasta justifica los delitos de su hijo; al final el hijo echa en cara al padre la falta de ejercicio de la verdadera paternidad, que incluye el ejemplo y la disciplina.
     Hay padres de alumnos que no quieren admitir que sus hijos no estudian, que se comportan mal en el aula; por el contrario consideran que sus hijos son unos alumnos ideales, de aquellos que retrataban los manuales de urbanidad de los años cincuenta. Tampoco hay que llegar a aquellos extremos (no tan extremos, por cierto) pero hay padres que estarían dispuestos a poner la mano en el fuego  por lo que sus hijos les dicen. La mayoría de los padres de hoy en día se niegan, no digamos a admitir, sino ni siquiera a escuchar la opinión del profesor. Luego, cuando llega el final del curso, se asombran de que su hija o hijo no apruebe. No entienden para qué han servido las clases particulares de Inglés, Matemáticas o Lengua. No entienden que la primera clase particular es la de ser padres: responsabilidad por lo que han traido al mundo. Un mundo donde cada vez es más necesario conocer los límites.
     Pero, cómo no,  como para todo, siempre hay una salida: "Es que los profes le tienen manía" (a su hijo, claro).

sábado, 18 de junio de 2011

indignado, -da adj. Que está muy enfadado por algo que considera injusto.

     El otro día dos alumnas me comentaban sus expectativas de futuro. Una me decía que le gustaría hacer Periodismo en Madrid. Otra quería educar a niños y prefería hacer un módulo de grado superior. Yo intentaba no transmitir el pesimismo ante el futuro que les espera, un futuro de desilusión, frustración y hasta desesperación.
     Y es que sólo hay que mirar y escuchar lo que está pasando. El desempleo rampante y persistente. Desalojos de viviendas. Manifestaciones y concentraciones multitudinarias ante una situación de violencia insostenible; violencia de un sistema que te arrastra a un paraíso de satisfacciones epicúreas y una vez que te ha acostumbrado a su miel te arroja al abismo del infierno de la indignidad.
     El problema es cuando no son sólo unos pocos los expulsados sino cuando lo es la gran mayoría. De repente nos damos cuenta de la injusticia que se ha cometido contra nosotros. Hemos saboreado las mieles y no entendemos por qué no podemos seguir saboreándolas. Y entonces tarde o temprano explotamos.
     El sistema establecido, la burguesía de siempre (esa de la que hablaba mi profesor Jover, a la que le gusta ver la revolución desde el balcón de su casa) admite comprensiva la desesperada situación de los jóvenes, siempre y cuando no molesten. Pero cuando ese cabreo se expresa en empujones, exabruptos y pedradas, entonces ya se han pasado de la raya (las líneas rojas).
     Cuando se estudia la Revolución Francesa, uno admite como justificada e inevitable la violencia de los desarrapados contra los pelucas aristócratas o burgueses timoratos, e incluso hace como que no ve la guillotina. ¿Legitimará la historia futura la violencia de los manifestantes griegos o de los indignados políticamente incorrectos?

domingo, 15 de mayo de 2011

... y mi copa rebosa.

miércoles, 11 de mayo de 2011

11 de mayo

En el Colegio del Verbo Divino de Coreses (Zamora), donde yo estudié, allá por los años sesenta, había una costumbre memorable. En el día de tu santo, durante la hora de la comida, el padre celador del comedor, te llamaba en público para que te acercaras a su mesa y te invitaba a un vaso de vino. De esta forma él, y tus compañeros a través de ti, brindaban por ti. Así se construía la autoestima y el propio valor de cada uno, destacándote, no por tus méritos intelectuales o morales, sino por el simple pero singular hecho de llamarte como el santo del día.

¡Qué distinto a lo que hoy ocurre en las escuelas! Son tus propios alumnos los que, tímidos, acuden a ti para recordarte que es el día de su cumpleaños. "¡Profe, hoy cumplo 15 años!" Y tú, avergonzado por no haberte acordado, o más bien, por no haberte ni siquiera preocupado de algo tan importante para él, le felicitas, pero sin demasiados aspavientos.

O tempora, o mores!

sábado, 16 de abril de 2011

Tara

     "Atención. Paseos de jardín tratados con herbicidas".
     Así rezaba un papel pegado a una papelera delante del minúsculo jardín silvestre que queda al lado de la entrada al acerado que baja hasta La Isla por la Fuente del Cañorroto. Digo "queda" porque, de un lugar abrigado antes por un frondoso árbol, ahora sólo quedan pequeñas matas de hierbas que aparecen tras las lluvias.
    Hace apenas unos días, movidos de espíritu ecológico, nuestros sesudos munícipes se han cargado varios hermosos árboles que adornaban el solar que pronto se convertirá en el parking de La Isla. Es evidente que aquí, aunque nuestro medio ambiente está mucho más degradado, no hemos llegado a ese punto de las sociedades vecinas más avanzadas, ese punto al borde del precipicio más allá del cual no es posible el retorno.
     Mientras en esas sociedades se observa un regreso, tardío pero decidido, al seno de la madre naturaleza, aquí no se nos ocurre otra cosa que echar mano de los pesticidas para matar la poca vegetación que queda. ¿Cuál es el objeto? ¿Acaso aliviar las molestias de los afectados de alergias? ¿Quizás ahorrar al Ayuntamiento un gasto en el pago a las personas encargadas de la limpieza y desbroce de hierbas? Tengo la sospecha de que lo que en realidad se pretende es "civilizar", es decir controlar la naturaleza. Sí. Poco a poco los espacios naturales (y no hablo sólo de los espacios de vegetación sino todos los espacios aún no dominados de la naturaleza humana) van siendo cultivados o sometidos al orden del césped o el cemento (la ley o la norma en el caso de las vidas humanas).
     Pero ese pequeño triángulo de naturaleza que ahora se pretende esterilizar es uno de los pocos espacios que quedan en mi barrio para respetar el derecho del perro a disfrutar de un lugar donde discretamente pueda aliviarse de sus necesidades. Los dueños de perros, como apestados, buscamos un pequeño refugio para que nuestro leal amigo o amiga disfrute de una pequeña intimidad, sin estar expuesto al frío e indiscreto cemento de la calle.
     Esta decidida y planificada estrategia de deshacerse de los perros no tiene que ver con la suciedad en las calles (es cada vez más rara la presencia de deyecciones en las aceras y mayor la conciencia cívica de los amantes de chuchos). Entonces ¿a qué se debe? Creo que es una cuestión de celos. Sí. Y ya sabemos las consecuencias de los celos, y si no preguntémosle a Otelo y Desdémona. Tengo la impresión de que el "Gran Cuidador de Parques y Jardines" está celoso de nuestros perros. Parece como si se dijese a sí mismo: "¿Cómo es posible que quieran más a sus perros que a mí, que les he construido el "Gran Parque" de césped para su disfrute (sin perros, claro)? ¡Así me pagan estos ingratos! Pues ahora verán. Cruella Devil a mi lado era una aprendiz. Nunca imaginaría ella un plan tan cruel y diabólico: con pesticidas me deshago de los pocos jardines salvajes que quedan y quién sabe a lo mejor empiezan a verse menos perros."
     Me pregunto cuántos dueños de perros hay en esta ciudad. Debemos ser unos cuantos. Los derechos de nuestros leales amigos están siendo olvidados. El poco espacio que tenían para disfrutar de una pequeña intimidad se les niega. Pronto no quedará ni una brizna de hierba que oler y los mensajes entre los leales solitarios dejados en las pacientes matas ya no serán posibles.
    Es tiempo de elecciones y es hora de hacernos oir. Dueños y dueñas de perros y perras, uníos. Amigo o amiga de los perros, en defensa de un trozo de césped para tu perro, haz valer tu voto.