sábado, 11 de septiembre de 2010

Una Gioconda en Truchas

De humilde origen, de portada de un calendario de pared, la “Joven huertana” se ha convertido en la “obra de arte” de la casa del pueblo. Y, aunque relegada a un lugar humilde, al final del corto pasillo entre el servicio y la despensa, ejerce con sus ojos fijos una atracción inevitable a quien la mira, y vigila de modo permanente y hasta indiscreto a los habitantes de la casa.

Enmarcada en un cuadro, sus cuatro listones, trabajados por manos inexpertas, repiten un motivo geométrico que casa poco con el tema amable de la imagen.

El cuadro representa a una joven en la flor de la vida. De cabellos y ojos negros, ejemplo tópico y típico de mujer castiza, su rostro de rasgos sensuales muestra una expresión tímida y como incómoda por el papel que desempeña. Sentada frente a un paisaje de costa brava, bajo un cielo inquieto, semeja una Gioconda campesina. En su regazo descansa una cesta con frutos maduros que hablan de la fecundidad de una naturaleza salvaje y, como nueva Eva, su mano derecha nos ofrece, tentadora pero sin convicción, la manzana.

Lo mágico del arte es que hace que un instante perviva para siempre, mientras todo a su alrededor envejece o muere. Al final la joven tímida ve pasar uno tras otro los años, esperando al incauto que caiga atrapado en su trampa de falsa juventud eterna.

Pobre ingenua, quédate ahí mirando a este ordinario mundo desde esa humilde pero segura atalaya.

Nosotros, ordinarios humanos, seguiremos, al verte, soñando juventudes pasadas y paisajes idílicos, intentando, ingenuos, retrasar el paso inexorable del tiempo.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Tic, tac


En esta casa siempre son las ocho.

Al menos eso es lo que marca el reloj de pared que cuelga en el comedor.

Según me contaron es de origen portugués; seguramente adquirido cuando mi padre estaba destinado en Castro de Alcañices o Nuez de Aliste. Yo no lo recuerdo. Posiblemente es uno de esos objetos que siempre han estado contigo y no les prestas atención.

El reloj es quizás junto con la máquina de escribir Olivetti uno de los objetos más preciados de la casa, sin contar con la máquina de coser de pedales o la plancha de hierro marcada con la cruz gamada que denuncia su fabricación en la Alemania nazi y que adorna la repisa del descanso de la escalera.

De pequeñas dimensiones, el reloj en caja de madera color nogal al que se accede por una portilla, tiene dos partes: el círculo blanco de la cara donde, además de las horas y los punteros, aparecen los agujeros para darle cuerda, y el hueco inferior donde cuelga el péndulo terminado en un disco dorado y los pesos.

El reloj cuando funciona marca los cuartos tocando una, dos, tres o cuatro veces una melodía familiar, según sea el primero, segundo, tercer o cuarto de los cuartos. Cuando ha marcado este último a continuación suenan las horas con el número de campanadas de rigor.

Todos los veranos mi padre era el encargado de ponerlo en funcionamiento. Abría la portilla de cristal y buscaba en la base del reloj la llave que luego introducía en los agujeros situados en la cara y giraba hasta el tope para darle cuerda. Cuando mi padre envejeció me encargaba a mí de la tarea, indicándome que tuviese cuidado y no moviese el reloj para no desestabilizar el péndulo.

El sonido monótono del péndulo, tic, tac, tic, tac, era tal que llegó un momento en que hubo que detenerlo porque molestaba la concentración de aquél que se proponía estudiar en silencio o de aquél que no podía conciliar el sueño por la inoportunidad de la melodía, alegre durante el día pero fastidiosa durante la noche.

Pero el sonido del reloj era una marca de la casa y sin él a ésta le falta algo. Ahora se escucha el runrún del frigorífico o el zumbido de alguna mosca. Y por la noche se escuchan ruidos extraños que, sin que se note en exceso el temor, te animan a arrimarte a tu pareja, que duerme o quizás experimenta lo mismo que tú y no lo quiere reconocer.

El sonido del tic, tac, tic, tac del péndulo, el din, don, din, don de los cuartos, y el don, don, don de las campanadas ahuyentaría todos esos miedos.

Lo romántico seria darle cuerda al reloj pero seguramente no pegaríamos ojo en toda la noche.

Seguiré arrimándome a mi compañera del alma.

jueves, 9 de septiembre de 2010

En busca del fuego

Una de las grandes aventuras del final del verano, cuando el cielo se siembra de nubes oscuras y al sol le cuesta romper y calentar, es encender la cocina de leña. No es asunto de poca monta. Existe todo un ritual que hay que seguir al pie de la letra para asegurar el éxito. Si se consigue, las imágenes tópicas del hombre prehistórico frotando un palo sobre una base o haciendo saltar chispas sobre una cama de hierba seca es algo que adquiere una dimensión singular.

Uno puede imaginar las humaredas llenando la cueva prehistórica si el viento sopla en contra, los ojos llorosos, la tos, el picor nasal que debieron sufrir los hombres, mujeres, ancianos y niños del clan paleolítico. Uno puede ver al encargado de encender el fuego pidiendo paciencia y a los impacientes de que el humo espeso se convierta por fin en llama queriendo probar su destreza. Imaginemos la alegría de ver el blanco de la base de la llama y el chisporroteo de los troncos en las caras ahumadas y tiznadas de los ateridos antepasados.

Pensaríamos que nosotros hemos avanzado y superado tamañas adversidades. En absoluto.

En nuestro caso, cuando prematura o necesariamente, según el distinto aguante al frío, consideramos que ha llegado el momento de emprender la tarea, inventada por el Homo Erectus, de encender el fuego en nuestra cocina de leña, lo primero que debe hacerse, una vez que disponemos del material necesario: cerillas, papel de periódico, palos y troncos, es abrir a tope el tiro de la chimenea, esa pieza horizontal que regula la rapidez de la quema. Luego abrimos la ventana de la chimenea. Encendemos una cerilla y con ella prendemos la primera hoja de periódico que introducimos por la ventana en el hueco y la agitamos con gusto para que provoque aire caliente que ascienda por la hueca columna hasta el cielo abierto.

A continuación colocamos en el hogar de la cocina las capas que formarán el fuego: en la base otra hoja de periódico (llevamos ya dos), encima briznas de paja, pequeñas ramas secas de algún matojo o pequeños palillos, y en lo alto los palos más gruesos. Seguidamente prendemos una cerilla y la arrimamos a la base de la hoja del periódico y ya está.

Pues no. El humo empieza a salir por todas las rendijas de la cocina. La habitación se llena de humo. Abrimos ventanas y puertas. Los habitantes empiezan a quejarse y a emigrar cobardes. Pero no importa, hay que perseverar. Volvemos a abrir la ventana de la chimenea y volvemos a repetir, después de encender deprisa otra cerilla y prender otra hoja de periódico, el agitado en el interior de la chimenea para crear la corriente de aire en el hueco oscuro.

Para entonces el fuego de la cocina se ha apagado. No importa, volvemos a colocar otra hoja, otros palos y volvemos a encender. Esta vez parece que quiere prender. Poco a poco el humo desaparece. Ahora podemos regular el tiro e ir cerrándolo cuidando de que el humo no vuelva a aparecer. Si acaso nos asomamos a la calle y miramos a ver si sale humo por la chimenea. Después de esperar vemos que, como señales de indios, empiezan a brotar y subir algodones de humo al cielo. Ya pueden cerrarse las ventanas y las puertas. Los emigrantes regresan incrédulos como Santos Tomases, hasta que sienten en sus dedos el calor generoso que irradia la testaruda cocina de leña.

Probablemente mañana será más fácil encenderla.

Aunque yo no pondría la mano en el fuego.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Non far niente

Sentado en el comedor, frente a la ventana que da al huerto y a las montañas del Lago de Truchillas, a través de los rosales medio secos cuyas ramas acarician los cristales, y más allá de las copas densas de los árboles que bordean el río y los huertos de los Cantones, puedo ver un cielo nublado.

Junto a mi está Surra acurrucada esperando mi próximo movimiento. Desde la cocina me llega la música y las noticias que emite una radio acatarrada por la mala sintonía. Allí en la cocina está ella, sentada a la mesa camilla junto a la “económica” donde arde el fuego que encendí esta mañana. De vez en cuando tengo que ir al zaguán a coger la leña que recogemos en nuestros paseos por el monte y que se almacena en viejos cestos de mimbre.

En esta situación no hay nada como quedarse en casa sentados, abrigados por el calor del fuego y por las faldas de la camilla, leyendo, preparando el curso que viene, o simplemente estando.

A las doce hicimos una pausa. Abrí una botella de vino tinto, saqué del frigorífico el chorizo picante comprado en los Almacenes Rodríguez de la Bañeza y el queso mezcla semicurado, corté unas rebanadas de pan de hogaza y almorzamos.

Faltan dos horas para la comida. Nos espera un plato de pollo cocido con cebolla que acompañaremos con arroz. Mientras tanto leeré, procuraré que el depósito de leña no se agote, escucharé alguna canción, oiré las noticias en la radio, comentaré alguna cosa con ella y atenderé las demandas de la perra. Desde luego, ¡quién no envidiaría mi agenda!

Aunque a ella no le gusta, para mí, para que esto sea perfecto sólo falta que llueva.

¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva!

Entre pucheros


Víctor Hugo, en Los Miserables, al describir la casa que ocupa Jean Valjean, dice que la presencia de cortinas en las ventanas indica que en esa casa habita una mujer.

En la antigua Grecia el filósofo podía preguntarse por la razón de las cosas porque otros, esclavos, artesanos, comerciantes o funcionarios, satisfacían sus necesidades primarias: la comida en la mesa para su alimento, las sábanas para su descanso, las toallas limpias para su aseo, la ropa que vestía, su paseo seguro por la ciudad…

Hoy en día las cosas no son como en la sociedad esclavista y patriarcal de la antigua Grecia. Hoy día hombre y mujer se reparten en mayor o menor medida dependiendo de circunstancias, educación y costumbres la logística del día a día. Pero, y siempre desde el punto de vista de un hombre, existe una diferencia en el modo de abordar esas tareas “entre los pucheros” como las calificaba Santa Teresa. Si el hombre se interesa por lo práctico y efectivo, la mujer a ello le añade los detalles, en el color, en la textura, en el efecto.

Cuando regresamos por segunda vez al pueblo observamos que el seto que hay delante la casa había crecido de nuevo. Ante la necesaria poda, él quería cortarlo hasta la altura de su rodilla para que al año siguiente su crecimiento no tapase la fachada. Ella se opuso porque pensaba en el presente, en el efecto de frescor, verdura y vida que ofrecía; ella tenía razón.

Cada vez que venimos a esta casa vieja e incómoda, intenta limpiarle la cara, y poda setos, siega hierbas y arranca malezas. Se coloca el delantal viejo que hay detrás de la puerta de la cocina y, armada de una lanza terminada en un trapo enrollado, sugiere a las arañas que se oculten por unos días en las rendijas de las paredes.

Ella intenta hacer en lo posible del lugar que habitamos en cada momento un universo feliz, donde todo sonría.

En lo posible, porque la casa no es propia.

En una ocasión, aprovechando la existencia en la casa de una maquina de coser antigua, quiso cambiar las cortinas. No pudo. La justificación fue que a lo mejor las otras mujeres de la familia no estaban de acuerdo y lo podían entender como injerencia desmesurada. Aún persisten las viejas cortinas de lunares que en su día colocó la dueña.

Tampoco pudo convertir el huerto salvaje que hay detrás de la casa, donde sobreviven lánguidos árboles frutales, y donde año tras año hay que segar una maleza pertinaz, en una pradera de fino césped verde donde pasar las tardes tumbados en hamacas a la sombra de morales y manzanos durmiendo la siesta o leyendo un buen libro.

¡Si ella pudiera! ¡Lo que no haría con esta casa!

Ella, maestra del valor de lo sencillo, de la importancia del detalle y de la trascendencia del trabajo callado.

domingo, 5 de septiembre de 2010

High Noon

No era mediodía o High Noon como en la película de Gary Cooper, eran las cinco de la tarde, una hora muy torera, pero de la misma intensidad dramática. Nuestro protagonista, el nuevo bandido Frank Miller, se dirigía, no al encuentro fatídico con el sheriff Will Kane, sino a la farmacia del pueblo para comprar un paquete de Paracetamol.

Pero el destino, al igual que en la película, es inaplazable. Cuando nuestro villano llegó a la altura del Ayuntamiento cuya fachada adornaban las banderas de España, Europa y Castilla-León, vio, delante de la puerta del Banco, al alcalde, el nuevo Will Kane pero con bigote y un poco más joven. Inevitablemente se encontrarían. ¿Quién sacaría su arma primero?

--“Buenas tardes”--, dijo Frank, serio, fijando su mirada en el rostro seguro del sheriff.

--“Buenas tardes”--, contestó Will, mientras esbozaba una sonrisa cómplice que parecía decir: “¿Satisfecho?”

Una vez más Frank Miller salía derrotado del encuentro pues se quedó con la duda.

Frank Miller nunca sabría si el arreglo del camino de los Cantones había tenido que ver con la protesta encendida pero cortés que el había hecho al alcalde del nuevo Hadleyville, o si el trabajo de desbroce ya estaba proyectado de antemano.

Aunque la sonrisa cómplice del sheriff le decía que su reclamación por lo menos había acelerado el proceso.

Sea lo que fuera a Miller no le dolía en prendas reconocer que se había hecho un buen trabajo. El peligro de una maleza abundante y seca que cubría los senderos y escalaba las paredes de los huertos y cortinas, combustible ideal para un incendio de verano, había desaparecido. La casa de sus antepasados y los pajares estaban ahora protegidos.

La verdad es que nunca, en todos los años que llevaba viniendo al pueblo, se había visto una eficiencia parecida. “Buen trabajo Will, eso es gobernar y administrar: la búsqueda de la felicidad y bienestar del ciudadano.”

En este caso, y ya era hora, el afortunado era él, Frank Miller.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Chismes

Hay en la repisa de la ventana de la cocina de la casa del pueblo una vieja caja metálica de color esmeralda que fue en su tiempo una caja de té. Allí se guarda todo chisme o miniatura que uno pueda imaginar: clavos, alfileres, tornillos, tacos de plástico, tacos para las patas de algún mueble, botones (desde botones negros de abrigo, verdes de uniforme de Guardia Civil, hasta botones minúsculos de camisa), alguna cremallera que aguarda ser útil a algún pantalón, mecheros que aún encienden, medallas de estaño con la imagen de la Virgen o del Sagrado Corazón de Jesús, estampas recordatorios pidiendo alguna oración para algún difunto amigo, pinzas de ropa de madera o plástico chino... y el reloj de pulsera de mi madre que aun funciona. Encima de todo se apila otra caja metálica más pequeña, redonda, que guarda los útiles de costura. De la caja asoman los ojos de un par de tijeras, el mango amarillo de un destornillador y la punta de algún que otro lápiz.

Buscando en la caja unas pinzas de depilar para extraer un tornillo que se había atrapado en el desagüe del lavabo, tuve que volcar su contenido encima de la mesa camilla. Al final tuve que recurrir a mi neceser para conseguir las dichosas pinzas. Pero después de solucionar el problema del lavabo decidí aprovechar la oportunidad y hacer una limpieza del contenido de la caja desparramado encima del hule de la mesa. Uno a uno fui examinando los distintos objetos y apartando aquellos que definitivamente no tenían ninguna expectativa de utilidad posible. Al final debí rechazar un 1% de todo el contenido. Todo lo demás volvió a la caja, esta vez limpia, a la espera de otra inspección anual mas decidida.


Este curso voy a impartir Historia de España en Segundo de Bachillerato. Me he traído al pueblo el libro de texto que mis alumnos van a usar. Aunque ya he dado otros años la misma asignatura, lo he hecho con un libro distinto. Ahora tengo que preparar el desarrollo de las lecciones de acuerdo con este libro. Esto me exigirá nuevos apuntes y notas. 

En los archivadores que tengo en mi despacho guardo los apuntes de otros cursos que me sirvieron en su día, pero que dudo que utilice otra vez. Lo lógico seria hacer una revisión de todos ellos y deshacerme de aquellos que nunca más voy a utilizar.

Cuando regrese a casa, de vuelta de estas minivacaciones de comienzos de septiembre, estoy decidido a hacer una limpieza de todo aquello que ya no vale, de todo aquello que no voy a usar jamás.

Pero mucho me temo que cuando vaya repasando minuciosamente uno a uno los ficheros de mi pasado empezarán mis dudas. ¿Y si alguna vez necesito los apuntes? ¿Y si hay en ellos algo importante que perderé si los desecho?

Me parece que me va a pasar como con la caja de la cocina o como cuando optimizo mi ordenador. Aquí el mensaje final me dice: el resultado de la optimización ha mejorado el funcionamiento de su ordenador en un 1%.