viernes, 13 de agosto de 2010

Los placeres y los días

Nighthawks, Edward Hopper
Cuando llegó al aparcamiento notó que apenas había coches. Empujando la puerta, que se resistía, entró en el Burger King de la plaza. No había nadie. El ambiente de temperatura y luz era el ideal. Presentía una velada especial. Casi disculpándose, pidió un café pequeño. ¿Desea leche? No, gracias. El empleado, de camisa blanca y corbata, le entregó el vaso vacío cerrado con la tapa protectora. Él se dirigió a la máquina y colocando el vaso debajo del rótulo de "Regular" apretó la palanca y dejó que el café humeante lo llenara. Todas las mesas estaban libres. Dudó sólo un momento. Se dirigió decidido a una con bancos junto a la ventana y se sentó. Colocó el café a un lado, se quitó las gafas que llevaba normalmente y sacando las gafas de lectura de su funda se las colocó. Luego abrió con cuidado el libro nuevo, recibido apenas unos días, y comenzó a leer. Estaba solo. Únicamente se oían las voces de los empleados y una música de fondo de canciones de rock clásico. El nuevo libro de Wilkie Collins The Law and the Lady prometía misterio, suspense y sorpresas. La lectura era fácil y agradable. Todo un placer. Y entonces sonó la canción. ¿Cómo era posible que allí en aquel pueblo de Florida sonase aquella canción que había surgido en su país, al otro lado del Atlántico, a finales de los sesenta? Pero era verdad. Mientras leía intentaba distinguir las frases en inglés de la canción.

Black is black, I want my baby back. Grey is grey... Los Bravos cantando en el Burger King de Homosassa.

Se hacía tarde. Podría haberse quedado allí un buen rato pero el gris de la tarde se transformaba poco a poco en el negro de la noche. Y su esposa le esperaba.

Grey, Black. I want my baby back.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Utopía

El fin de semana pasado fuimos a visitar a una pareja de amigos que viven en un complejo residencial llamado 'Los Pueblos".

"Los Pueblos" está en el centro de la península de Florida.

"Los Pueblos" es un complejo residencial destinado a golfistas jubilados que desean pasar el fin de sus días haciendo lo que más les ha gustado en la vida. Se llama asi, "Los Pueblos" en plural, porque está compuesto por numerosas villas, denominada cada una, bien con un nombre exótico de origen hispano como Santo Domingo, Buena Vista… (es interesante como todo lo hispano se convierte en exótico, en el siglo XIX para los Victor Hugos o Manets de Francia, en el siglo XX para los Americanos), bien con un nombre en honor de algún conocido golfista hombre o mujer.

Todo el complejo tiene una extensión de 15 millas de diámetro (se dice pronto), y una previsible población una vez completado de cien mil habitantes. Hay en él en torno a 30 campos de golf; cada una de las villas tiene 27 hoyos o tres campos de nueve hoyos. Las viviendas son distintas en forma y en precio. Las hay de unos 200.000 dólares y otras de hasta un millón quinientos mil

La entrada al complejo está protegida por barreras elevables. Como la carretera que atraviese el complejo es pública las barreras de entrada y salida son libres. Pero la entrada a las distintas villas que componen el complejo sólo está autorizada a los propietarios quienes disponen de una tarjeta que permite levantar las barreras que cierran la entrada.

Las calles tienen un carril expreso para los carros de golf, carros que todo propietario posee.

Cada villa tiene su propio centro de servicios: correo, centro comunitario, piscina. En los centros comunitarios de cada villa se ofrece una innúmera variedad de actividades que cubren desde la actividad física como yoga o Pilates, hasta actividades de ocio como baile de salón, juegos de mesa, clases de informática y cualquier otra que uno pueda imaginar o desear. Existen clubes o grupos para todo tipo de gusto o afinidad. Un dato curioso: hay piscinas en las que la edad minima para bañarse es de 30 años.

El complejo en su totalidad tiene dos plazas donde se concentran todo tipo de servicios: cines, cafeterías, restaurantes, tiendas, hospitales, iglesias (para todas las confesiones), bancos, inmobiliarias, oficinas de seguros, etc. Los edificios de estas plazas están construidos en diferentes estilos, pero todos ellos recordando el pasado histórico o el tipismo de países o lugares: iglesias de estilo colonial español como las que existen en Hispanoamérica, casas que recuerdan por sus porches las particulares construcciones de Key West, o fachadas de edificios típicos de los centros históricos de las ciudades americanas, como el saloon o el General Store.

“¿Cómo se gobierna este complejo?” --pregunté a nuestra amiga, que amable nos enseñaba el complejo residencial. “Esto es propiedad privada de una familia que se encarga del mantenimiento de todo.” Los residentes compran la parcela, construyen la casa según unos modelos preestablecidos y pagan unas tasas para la basura, la luz, el mantenimiento de las infraestructuras y la utilización de los campos de golf. El residente no se tiene que preocupar de nada excepto de lo que ocurre en su casa. Todo lo demás está dado.

Aquello parecía un paraíso en la tierra. ¿Para qué esperar el paraíso en la otra vida cuando se podía tener aquí en esta tierra? Todo lo que uno puede esperar o ha soñado encontrar en el cielo estaba allí. No era distinto al paraíso que los egipcios pintaban en las paredes de sus tumbas para que el “ka” disfrutase en la otra vida: campos fértiles cuidados por esclavos; cañaverales repletos de aves para la caza y río con pesca abundante; mesas preparadas con todos los manjares ansiados. Y todo ello dispuesto para el disfrute acompañado de tu amada. ¿Qué más se puede pedir?

New Harmony
La utopía de Marx hecha realidad, aunque sólo para unos pocos. También en el siglo XIX Owen, Fourier y Saint Simon imaginaron proyectos de sociedades utópicas (Owen llegó a fundar su utopía en América con el nombre de New Harmony). En el siglo XVI ya lo había hecho santo Tomás Moro. Platón antes de él en el siglo V a.C. El hombre siempre ha soñado con crear su cielo en la tierra.

Seguramente, si preguntásemos a los residentes, "Los Pueblos" lo ha conseguido. Para los golfistas jubilados de Buena Vista o Santo Domingo ésta es la última posibilidad de felicidad antes de la muerte. En este cielo la juventud está retringida porque supondría una dolorosa nostalgia y una fútil tentación para los mayores. Limpieza, orden, previsibilidad, aislamiento, paz, sibaritismo: este es el cielo en "Los Pueblos". Me recuerda el paraíso de las portadas románicas: todos los santos firmes y rígidos en perfecto orden, protegidos por el techo del cielo, pero prisioneros.

Yo prefiero el infierno de la libertad y de la solidaridad.

Tabaco


Es curioso cómo experiencias vividas en la infancia te marcan para toda la vida, y sus efectos, normalmente dormidos, se despiertan cuando vuelves a vivir experiencias semejantes.

Hoy, mientras hacía mi paseo de todas las mañanas, una buena costumbre que practico en los veranos --había decidido incluso hacer fotografías del recorrido (es curiosa esta manía que tenemos de fotografiar todo, como si de esta forma detuviésemos el tiempo que se acaba)--; hoy, como decía, me sucedió algo que despertó en mi una experiencia traumática que creía curada. El recorrido del paseo era el usual: Cypress, luego Douglas, después Biscayne y por fin Golfview para de nuevo tomar Cypress y regresar. Me encontraba ya en Golfview, a más de la mitad del camino, y estaba a punto de llegar al cruce que parte el circuito del campo de golf, cuando oí los gritos de unos chavales. Al instante vi que, detrás, venían corriendo hacia mí dos perros impresionantes, no por su tamaño, más bien mediano, sino por su cara; no sabría decir si eran bulldogs, pero lo parecían. No sé cómo, pero mi primera reacción fue darles la voz de: ¡¿Ehh?!, mezcla de orden, sorpresa y súplica; luego en inglés, esta vez más decidido: go! go! Los perros se pararon. Mientras, la voz del chaval invisible les llamaba. Por fin dos muchachos aparecieron y les dije: Come and get it! Uno de ellos escapó corriendo mientras el otro persistía en llamarlos. Los perros, indecisos, volvían hacia mí; yo seguía petrificado, ordenándoles: go!, go! Un coche que pasaba por allí se detuvo y la mujer que lo conducía sacudía la cabeza como si se apiadase de mí y no comprendiese cómo los perros no estaban atados. Al final los canes se retiraron y yo, confiado, seguí mi camino recuperándome poco a poco del susto.

Seguramente los chuchos eran dos benditos, pero para su familia. A mí, si no me asustaron, sí me impresionaron.

No sé cómo pero el terror a la especie canina renacía en mí, al despertar mi experiencia con Tabaco, un perro pastor alemán que me dio un buen bocado en mi nalga derecha. Tendría yo unos siete u ocho años. Vivíamos entonces en Fuentes de Ropel, en Zamora. Estaba el pobre perro haciendo su trabajo, esperando a que las vacas terminasen de beber en la pila de la fuente y yo a la puerta del cuartel de la Guardia Civil. En realidad eran dos perros Tabaco y otro, del que no recuerdo el nombre, y tenían fama de no hacer buenas migas con nadie, especialmente con chavales como nosotros. Yo me sentía protegido junto a la puerta del cuartel. Si al perro se le ocurría hacer algo yo correría. Valiente, empecé a achucharle llamándole, desafiante: ¡Tabaco! ¡Tabaco! No me dio tiempo ni a darme la vuelta para echarme a correr y buscar refugio en la casa. Sentí el mordisco y no me acuerdo de más. Supongo que alguien detuvo al monstruo para que no me devorara. Supongo que recuperado del primer susto debí llorar lo mío. Cuando aterrorizado y a salvo se lo dije a mi padre, él, colocándome sobre sus rodillas, me invitó a que le enseñara dónde me había mordido el dogo y para que no me olvidara de la lección me dio una palmada en la maltrecha nalga para agilizar, supongo, su riego sanguíneo y evitar que me dejara marca.

Desde aquel día mi respeto por los perros fue absoluto e irracional. Creo que me convencí a mí mismo de que los perros y yo éramos incompatibles.

Hasta que llegó Surra, la “Imprescindible”.

¿Por qué no pensar que Surra, en vez de impuesta, ha sido el instrumento de algún proyecto del que desconozco el secreto pero sí sus beneficios? Ahora bien, si es cierto que Surra ha conseguido reconciliarme con su especie, aún no puede impedir que no me detenga, por si acaso, no sólo ante los perros enormes sino también ante los más diminutos.

Tabaco fue mucho Tabaco.

viernes, 6 de agosto de 2010

Miedos atávicos


Las tormentas en los Trópicos son espectaculares. Se diría que Zeus experimentase aquí toda la parafernalia de rayos y truenos símbolo de su poder. Éste, obviamente, no es sitio para Surra.

Me he preguntado muchas veces por qué Surra tiene tal terror de los truenos o de los petardos. Es sorprendente cómo, temblando en sacudidas que te mueven a compadecerla, busca refugio junto a ti bajo una silla, junto al sofá o se mete bajo la cama. Por lo visto, parece ser algo común a todos los perros. Debe ser un miedo incrustado en su cerebro y heredado de tiempos antediluvianos.

Nosotros humanos padecemos sensaciones similares. Nos asusta la oscuridad y huimos del contacto de ciertos animales como arañas o cucarachas. Aun habiendo sido criados, unos más que otros, en un ambiente acolchado del cariño y de la sonrisa de nuestra madre, y alejado de temores, sentimos y prejuzgamos, aún irracionalmente, la amenaza.

Tendría yo once o doce años. Vivía entonces en Tábara, en el cuartel de la Guardia Civil. El cuartel estaba separado del pueblo unos trescientos metros y unido a él por una acera, bordeada a un lado de huertos donde crecían árboles frutales de formas fantasmagóricas y al otro por un ancho camino por donde podrían correr carrozas espectrales. Una noche, no me acuerdo por qué, tuve que ir solo desde el cuartel al pueblo. La noche era cerrada y no había avanzado ni veinte metros cuando empecé a mirar sobre mi hombro por si alguien, espíritu o demonio, venía detrás de mí. No pasaron ni segundos cuando me vi apresurando la marcha y enseguida corriendo, presintiendo que de un momento a otro una mano huesuda se pusiera sobre mi hombro y me arrastrara hacia los abismos infernales. Ni que decir tiene que sólo me detuve cuando alcancé las primeras casas y luces.

¿Por qué me extraño de Surra cuando aún ahora, a mi edad, estoy seguro de que si volviese a verme en aquella acera de Tábara volvería a sentir, si no el mismo terror, sí el aliento del miedo sobre mi cogote?

jueves, 5 de agosto de 2010

Generosidad

Alegoría de la generosidad


La luz de una lámpara puede disipar todas las sombras de una habitación. Una virtud puede hacer lo mismo con una vida.

Hay una persona que siempre recordaré por su generosidad.

Como si se tratase del director de una empresa cualquiera, que tiene que hacer provisiones de dinero para amortizar el desgaste del capital fijo: edificios, vehículos, máquinas, equipos informáticos, etc., en la gran empresa de su vida, esta persona tiene también un apartado de provisiones para amortizar el no ser valorada como debiera por sus seres queridos.

Una parábola del Evangelio cuenta que un administrador de los bienes de su amo, temiendo que éste le despidiese y le arrojase a la calle, decidió llamar a todos los que tenían cuentas pendientes con su señor y rebajarles o perdonarles las deudas. De esta forma cuando su amo le despidiese tendría numerosas personas a las que acudir.

La persona de la que hablo, sin el cálculo del administrador de la parábola, tiene las puertas abiertas en muchos corazones en deuda. Porque ella ha vivido, a su manera, para los demás. Ha sido generosa con su tiempo y desprendida con sus bienes.

Nunca dudó cuáles eran sus prioridades en esta vida. Cuando nació su nieta en un país extranjero viajó para acompañar a su hija en esa experiencia única del parto. Cuando nació su nieto hizo lo mismo. Ya avanzada en años, se desplazó para asistir religiosamente a los bautismos, comuniones y confirmaciones de sus nietos.

Y aunque ahora su memoria ya refleja el peso de los años, no pasa un cumpleaños o un aniversario sin que familiares o amigos reciban el recuerdo y la felicitación. Que yo recuerde no ha habido Navidades en las que sus hijos y nietos no hayan recibido indefectiblemente su presente.

En la imagen que ilustra la virtud de la generosidad aparece una mujer tocada con una corona de oro que simboliza la realeza o nobleza de dicha virtud. A sus pies tiene un león porque es el animal más fuerte y por ello más generoso. Con la mano derecha aparta de sí una cadena de oro indicando su desinterés por los bienes materiales.

La persona de la que hablo, aunque republicana, bien podría ser la mujer coronada de la imagen.

lunes, 2 de agosto de 2010

Hi!

http://eveliomartinez.blogspot.com/2010/08/hi.html

Hi!


Cuando tus dudas sobre la sensatez humana han llenado casi la copa de tu capacidad de asombro y apenas te resistes a abandonar toda esperanza en el hombre, de pronto, como el relámpago que rasga la noche e ilumina el camino, se presenta la maravilla, y tras el telón del desencanto aparece de nuevo radiante la sonrisa, esa sonrisa que no puede explicarse por medios naturales.

Ayer, mientras, disfrutando del sol tropical y rodeado de palmeras, me bañaba solo en la piscina comunitaria del bloque de apartamentos donde vive mi suegra en Florida, se abrió la verja metálica que la rodea, y apareció, de la mano de su madre, una niña de apenas dos años diciendo atrevida: Hi; seguramente una de las pocas palabras que ya ha aprendido de, a juzgar por las apariencias, sus bien educados padres. El saludo se repitió varias veces y siempre acompañado de una amplia sonrisa de oreja a oreja. La niña vestía un bañador de color rosa pálido de dos piezas, un sombrero de tela y unas enormes gafas de sol. Por si su primera actitud no te había cautivado, su apariencia ya te predisponía plenamente a su favor.

Hoy, casi a la misma hora, ha vuelto a la piscina y como traía de la mano a su padre no saludó, seguramente porque no quería compartir con nadie su trofeo. Mientras yo intentaba continuar con la lectura apasionante de “The Woman in White”, no podía sustraerme a escuchar la alegría de la niña en el agua. En uno de los momentos miré y vi a la niña sentada en las escaleras de acceso al agua y a su padre que, a su lado y jugando con ella, se sumergía y permanecía un tiempo bajo el agua. Ella, preocupada por la tardanza en salir del padre, agarraba su cabeza y la intentaba sacar al aire. Cuando por fin su padre surgía del agua su grito: iiairriiis (Here he is) resumía la alegría de ver de nuevo al objeto de su pasión y exclusiva propiedad. La escena se repetía una y otra vez y yo no podía sino sonreír. También me hacia feliz el ver que el cuidado y la atención de sus padres jóvenes no les impedía gozar del placer de la alegría de su hija.

Para mí la escena que presenciaba era la demostración de que tiene que existir algo que explique tanta belleza.